Había enviado regalos a mi hija y a su familia, para la Navidad de 2020, pero pasaría las fiestas sola, como tanta gente pasó las primeras Navidades tras la pandemia.

En Nochebuena, me senté en mi sala rodeada de recuerdos tangibles que adornaban mi árbol artificial de dos metros. Vi la bota roja navideña que mi abuela había tejido a los 90 años. En una de las ramas, se balanceaba la cuna rosa que mi padre había fabricado en su taller el año en que nació mi hija. En las mesas de la cocina, había estrellas brillantes hechas con palitos de helado y copos de nieve de papel arrugado, sujetos en su lugar por las ramas. En la parte superior, colgaba un corazón de terciopelo con la palabra amor escrita en mayúsculas. Aunque mi árbol estaba lleno, me sentía vacía. Diez meses de restricciones por la pandemia me habían dejado aislada y preocupada. Varios amigos habían fallecido. No podía viajar para estar con mi familia. Mi fe me recordaba que las cosas mejorarían, pero me sentía cansada de esperar.

Un camino desconocido

Enseño que cuando cambio mi forma de ver las cosas, estas mejoran. Cuando me siento mal, uso mis herramientas de meditación, oración y gratitud. Recurrí al mensaje de La Palabra Diaria de ese día, que decía en parte “cuando mis planes salen mal, puedo mostrar mi fe al seguir un camino desconocido, paz al confiar en lo Divino y amor al saber que nunca estoy sola”.

Las palabras “seguir un camino desconocido” me trajeron a la mente una Nochebuena, hace 20 años, en Milwaukee, Wisconsin. Había recogido a mi hija de su apartamento para dirigirnos a la casa de mis padres.

Una de nuestras tradiciones navideñas favoritas era conducir por el vecindario para contemplar los jardines decorados, los Papás Noel inflables, los renos y las cadenas de luces que iluminaban todo, y nos decíamos: “¡Esas personas realmente deben amar la Navidad!”

Después de unas cuadras, ella comenzó a indicarme que girara a una dirección diferente. “Gira aquí”. “Ahí, a la izquierda”.

Pronto estábamos conduciendo hacia un complejo de edificios en su mayoría oscuros: el extenso Hospital del Condado de Milwaukee. Ni una luz a la vista. “¿Por qué estamos aquí?” pregunté. Mi pregunta quedó sin respuesta mientras ella nos dirigía a un edificio en la parte trasera.

No todos los regalos de Navidad vienen envueltos y tienen un lazo. Algunos vienen bajo la apariencia de nuestros desafíos más desagradables. Y a veces el mejor regalo que podemos recibir es darnos cuenta de los regalos que tenemos para dar.

Un buen lugar para orar por los demás

“Estaciona aquí”, dijo. Y en eso, comenzó a nevar. La noche oscura brillaba con la nieve. “Te gusta orar por los demás”, me dijo. “Este es un buen lugar para hacerlo”. De pie en el estacionamiento desierto, extendimos las manos hacia las ventanas del edificio, enviamos bendiciones a los pacientes y sus familias, al personal médico, a los demás trabajadores y a los voluntarios. Nadie parecía notarnos. Mientras estaba allí en el frío aire de la noche, sentí una profunda conexión con todos los que estaban dentro.

En esta solitaria Nochebuena, me preguntaba si alguien que estuviera detrás de esas ventanas muchos años atrás habría sentido el amor y las bendiciones. ¿Habría mejorado en algo la respiración de algún paciente? Los trabajadores de esa noche, ¿se sentirían más valorados? No podía saberlo. Pero sabía cómo me sentía. Al reflexionar sobre el impacto de aquella noche, mi sensación de soledad cambió y me sentí reconfortada.

Sabía lo que podría levantar mi ánimo de nuevo. Me puse un suéter rojo brillante y un gorro de Navidad y me dirigí a los dos hospitales de Athens, Georgia, donde ahora vivo. En cada uno de ellos estacioné, salí del auto y me quedé un rato enviando bendiciones a los pacientes, las familias, el personal médico, otros trabajadores y voluntarios que estaban enfrentando la pandemia.

Me preguntaba qué oración podría abarcar la diversidad de credos que había dentro de ese lugar. Pronuncié la “Oración de Protección” en esa noche. “La luz de Dios te rodea, el amor de Dios te envuelve...” ¿Podría alguien en ese edificio sentir que una persona estaba afuera orando por ellos? Esperaba que alguien se sintiera un poco menos solo. Mientras realizaba este acto conscientemente, ya no me sentía tan triste y sola. Compartir el amor de Dios me recordó que nunca estoy sola.

Una práctica poderosa y sanadora

Esta práctica fue tan poderosa y sanadora para mí, que ahora lo hago habitualmente. Cuando conduzco, me tomo el tiempo para prestar atención a otros autos, a las casas por las que paso y a las personas que veo, y las bendigo en silencio. No es una oración para pedir algo en particular. En su lugar, oro por el bienestar, la paz, la alegría y el amor. Y aunque no puedo visitar un hospital cada Nochebuena, continúo deteniéndome en uno siempre que puedo y oro.

No todos los regalos de Navidad vienen envueltos y tienen un lazo. Algunos vienen bajo la apariencia de nuestros desafíos más desagradables. Y a veces el mejor regalo que podemos recibir es darnos cuenta de los regalos que tenemos para dar.


Acerca del autor

La Rev. Bronte Colbert es ministra de Unity, oradora y facilitadora de talleres. Colabora a menudo en los folletos de Unity y en artículos en Unity.org. Más información en RevBronte.com.


Rev. Bronte Colbert
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