He hecho lo que, para mí, ha sido un verdadero descubrimiento. 

Estaba muy enferma; padecía tantas dolencias físicas y mentales como podía soportar. La medicina y los médicos dejaron de brindarme alivio, y caí en la desesperación… hasta que encontré el cristianismo práctico. Afirmé mis creencias y sané. Gran parte de esa sanación la llevé a cabo por mí misma, porque deseaba comprender el proceso y poder utilizarlo en el futuro. Así fue como llegué a lo que llamo mi descubrimiento. 

Me encontraba reflexionando sobre la vida. La vida está en todas partes: en los animales, en las personas. «Entonces me pregunté, ¿por qué la vida en un animal no forma un cuerpo como el del ser humano?». Luego pensé: el animal no posee la misma inteligencia que el ser humano. ¡Ah! Se necesita tanto inteligencia como vida para formar un cuerpo. 

Ahí está la clave de mi descubrimiento: la vida necesita ser guiada por la inteligencia para dar forma a todas las cosas. Esta misma ley opera en mi propio cuerpo. La vida es una forma de energía que debe ser dirigida e impulsada por la inteligencia de cada quien. 

¿Y cómo comunicamos la inteligencia? Por medio del pensamiento y la palabra, por supuesto. Entonces, tuve una revelación: podía hablar con la vida en cada parte de mi cuerpo y lograr que hiciera exactamente lo que yo quería. Comencé a enseñarle a mi cuerpo… y obtuve resultados maravillosos. 

Comencé a enseñarle a mi cuerpo

Le hablé a la vida en mi hígado y le dije que no era torpe ni inerte, sino llena de vigor y energía. Le hablé a la vida en mi estómago y le recordé que no era débil ni ineficaz, sino fuerte, activa e inteligente. Le hablé a la vida en mi abdomen, y afirmé que ya no estaba invadida por ideas erróneas sobre la enfermedad, implantadas por mí misma y por los médicos, sino que estaba completamente viva con la dulce, pura y saludable energía de Dios. Le hablé a mis extremidades y les dije que eran ágiles y fuertes. Les hablé a mis ojos y les recordé que no veían por sí mismos, sino que expresaban la visión del Espíritu, y que se nutrían de una fuente infinita. Les dije que eran ojos jóvenes, claros y brillantes, porque la luz de Dios resplandecía a través de ellos. Le hablé a mi corazón y le afirmé que el puro amor de Jesucristo fluía en cada uno de sus latidos, y que todo el mundo sentía su jubilosa pulsación. 

Fui a cada centro de vida en mi cuerpo y pronuncié palabras de Verdad, palabras de fortaleza y poder. Les pedí perdón por el rumbo insensato e ignorante que había seguido en el pasado, cuando los había condenado y calificado como débiles, ineficientes y enfermos. 

No me desanimé cuando tardaron en despertar, sino que perseveré, tanto en silencio como en voz alta, declarando palabras de Verdad, hasta que mis órganos respondieron. Y no olvidé recordarles que eran Espíritu libre e ilimitado. Les dije que ya no estaban sometidos a la mente carnal, que no eran carne corruptible, sino centros vivos de la energía omnipresente. 

Entonces, pedí al Padre que me perdonara por haber tomado Su vida en mi cuerpo y haberla utilizado de manera tan descuidada. Le prometí que no volvería a interrumpir el fluir libre de esa vida en mi mente y en mi cuerpo con pensamientos y palabras erróneas; que siempre la bendeciría y la fortalecería con pensamientos y palabras verdaderas, para que cumpliera con sabiduría su labor de edificar mi cuerpo como un templo sagrado. Le prometí que pondría todo mi empeño y discernimiento en indicarle con claridad lo que deseaba que hiciera. 

También comprendí que estaba usando la vida del Padre en mis pensamientos y palabras, y me volví sumamente vigilante respecto a lo que pensaba y decía. 

No permití que la preocupación o la ansiedad entraran en mi mente, y dejé de pronunciar palabras de juicio, frivolidad, irritación o enojo. Elevaba una breve oración cada hora para que Jesucristo estuviera conmigo y me ayudara a pensar y hablar solo palabras amables, amorosas y verdaderas. Y sé que Él está conmigo, porque ahora me siento en paz y feliz. 

Deseo que todas las personas conozcan esta hermosa y verdadera ley, y que la practiquen. No es un descubrimiento nuevo, pero cuando la apliquen y vean sus frutos de salud y armonía, les parecerá nueva y sentirán que es su propio descubrimiento. 


Acerca del autor

Myrtle Fillmore (1845-1931) fundó el movimiento espiritual Unity junto a su esposo, Charles, en 1889. Su propia experiencia de sanación a través de la oración y los principios espirituales la inspiró a compartir el poder divino que habita en cada persona. En 1890, creó la Society of Silent Help, hoy conocida como Silent Unity, y fundó la revista infantil Wee Wisdom, que se publicó durante 98 años. Myrtle y Charles vivieron en Kansas City, Missouri, junto a sus tres hijos.



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