Orar sin expresar palabras

Uno de los primeros conceptos que estudié al especializarme en Comunicación en la universidad fue una teoría propuesta por un reconocido filosofo del campo: «es imposible no comunicar».

Esta idea invita a una pausa. Tómate un momento para reflexionar sobre esa doble negación. De manera similar, también es imposible no orar.

Con el tiempo comprendí que, así como el silencio también comunica, aun sin pronunciar una sola palabra continuamos elevando una oración. Nuestros pensamientos se convierten en oraciones constantes, capaces de dar fruto incluso en quietud más profunda.

La Escritura nos recuerda: «Antes de que me pidan ayuda, yo les responderé; no habrán terminado de hablar cuando ya los habré escuchado».—Isaiah 65:24

Mucha gente piensa que, para que Dios escuche, la oración debe ser extensa o suplicante. Cuando era niña, observaba a predicadores y adultos elevar la voz al pedir a Dios que les concediera algo o transformara aquello que les preocupaba. Incluso entonces intuía que Dios escucha incluso las oraciones que permanecen en silencio.

Mi mamá me enseñó a dar gracias antes de cada comida. Rara vez comienza a comer sin agradecer a Dios y a las manos que prepararon los alimentos; y cuando en alguna ocasión lo olvida, le recuerdo que ya ha orado, aunque lo haya hecho en su interior.

Una de mis primeras experiencias de oración silenciosa ocurrió tras la muerte de mi hijo de dos años, hace más de cuatro décadas. Durante un tiempo me quedé sin palabras mientras intentaba asimilar aquel profundo dolor. Me sentaba en silencio durante largos periodos, anhelando consuelo y buscando respuestas.

Sin darme cuenta, seguía los pasos que Jesús enseñó cuando los discípulos le preguntaron cómo orar: «Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y con la puerta cerrada ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Cuando ustedes oren, no sean repetitivos, como los paganos, que piensan que por hablar mucho serán escuchados. No sean como ellos, porque su Padre ya sabe de lo que ustedes tienen necesidad, antes de que ustedes le pidan» (Mateo 6:6-8).

Cómo orar en silencio

Hoy comienzo mi tiempo de oración enfocándome en la respiración, permitiendo que la mente se aquiete y que el cuerpo se relaje por completo. Cierro los ojos y repito una afirmación que me ayuda a centrarme en mi interior: Me anclo en la mente Crística, y nada puede perturbar la profunda y tranquila paz de mi alma.

Respiro con calma hasta entrar en un estado de serenidad y equilibrio interior. Me dejo guiar por el ritmo natural de mi respiración, y en esa quietud, escucho. Cuando algún pensamiento irrumpe en mi paz, lo reconozco con suavidad y regreso a la respiración. En ese instante, me dirijo hacia mi interior, un espacio seguro y libre de cualquier distracción. Allí escucho, y allí espero en el Silencio.

Cuando siento que es momento de concluir, vuelvo a la respiración, abro los ojos y doy gracias por ese instante sagrado de comunión. Sé, en mi interior, que la oración ha sido acogida, que las necesidades han sido atendidas y que el camino delante mí se allana y fluye con naturalidad. Nada perturba la profunda y serena paz de mi ser.

Fue precisamente una mañana, mientras permanecía en silencio, cuando recibí una respuesta a través de un versículo: «Yo les compensaré a ustedes los años que perdieron a causa de la plaga de langostas» (Joel 2:25).

Gracias a las enseñanzas de Unity aprendí a orar de manera afirmativa, reconociendo que nuestras creencias dan poder a la oración. Desde ese interior sereno, elijo confiar en la restauración constante de la paz y la alegría. He vivido esta renovación una y otra vez, recordándome que, en verdad, es imposible no orar.

Como dijo Jesús: «Por tanto, les digo: Todo lo que pidan en oración, crean que lo recibirán, y se les concederá» (Marcos 11:24). Este tipo de oración no se aferra a un resultado específico, sino que abre el camino a algo más pleno de lo que podríamos imaginar.

Oración del Silencio

Estoy ahora en el lugar sagrado, ese espacio donde el Padre y yo somos uno.

Cierro la puerta a toda distracción, a todo asunto externo. Me entrego plenamente a la presencia divina con la certeza de que toda tristeza encuentra alivio.

El fluir del amor sanador y consolador trae paz y sosiego a mi alma.

La sabiduría infinita me revela una comprensión más amplia de mi vida y de mis circunstancias.

Guiada e inspirada, hallo la fortaleza para vivir cada día con fe, alegría y entusiasmo.

Amado Dios, este es nuestro instante sagrado de comunión. En él reconozco el don de la Presencia y encuentro la paz que anhelo.

Abro de par en par las puertas de mi ser para recibir las bendiciones y la bondad preparadas para mí.

—Rev. Beatriz Gallerano Bell


Acerca del autor

La Rev. Sandra Campbell es directora ejecutiva de Unity Urban Ministerial School y ministra asociada en Unity Temple on the Plaza en Kansas City, Missouri. Además, forma parte de la Junta Directiva de la Sede Mundial de Unity.


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