Este artículo está basado en la transcripción de una reflexión dominical impartida por Ryan Harvey en Unity San Francisco en 2026.


El Dr. Martin Luther King Jr. fue padre, pastor, maestro y un verdadero héroe. Sin embargo, me avergüenza reconocer que, durante gran parte de mi infancia, lo percibía apenas como un personaje más de los libros escolares.

De niño, no alcanzaba a comprender cómo alguien podía juzgarme por el color de mi piel. Mucho menos podía imaginar corrupción en el gobierno, en la policía o en las fuerzas armadas.

Vivía resguardado en una burbuja de seguridad. Conocía a los policías de mi comunidad por su nombre. Asistí a una escuela militar que apreciaba profundamente. En los Boy Scouts, ganaba insignias con entusiasmo. Podía vivir sin preocupaciones porque, sin saberlo, estaba viviendo el sueño que el Dr. King proclamó frente al Monumento a Lincoln en 1963.

  • Puedo votar porque él sostuvo ese sueño en el puente de Selma, Alabama.
  • Puedo hablarte hoy desde este lugar porque él entregó su vida por ese sueño.
  • Él murió también por mí.

No existe manera de exagerar lo que el Dr. King hizo por mi comunidad ni el impacto que tuvo en el camino hacia el amor y la igualdad.

Pero mi gratitud, aun siendo genuina, permanecía superficial mientras yo vivía en esa comodidad infantil. La verdadera dimensión de su lucha no comenzó a revelarse hasta que comencé a enfrentar mis propias experiencias.

La realidad del racismo

La primera vez que enfrenté el racismo tenía 11 años. Era Halloween y llevaba un disfraz de ninja. Caminaba con mi hermana y un amigo cuando nos cruzamos con un hombre y su hija. En cuanto nos vio, no miró a tres niños vestidos para una celebración, no vio vecinos comunes ni corrientes: vio una amenaza. Sintió un miedo tan intenso por su hija que la tomó en brazos y salió corriendo.

A esa edad no existen palabras para describirlo, pero sí se conserva la impresión en lo más hondo de la memoria. Ese día comprendí que el racismo nace del miedo, y que su herida perdura. He caminado por calles donde las familias me observan por detrás de las cortinas. Me he estremecido cuando un auto se detiene en medio del camino siguiéndome.

El temor que otros sentían por nuestras diferencias comenzó a sembrarse también en mí.

Conocía a los policías del vecindario y tenía confianza con ellos. Aun así, recuerdo caminar hacia la tienda cuando una patrulla avanzó en mi dirección. Conocía a ese oficial. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente y me encogí de temor.

En ese instante comprendí una dolorosa verdad: el miedo de no regresar con vida es real. Lo vivo yo, lo vive mi familia, lo viven millones en este país. Y cuando observo las noticias, lo que percibo —una y otra vez— es miedo.

El miedo a un toque inesperado en la puerta. El miedo al salir a trabajar. El miedo a ser tratado como «otro», como alguien que no pertenece. Ya sean las luces intermitentes de una patrulla, una camioneta sin identificación en la entrada de una casa o personas enmascaradas, el trasfondo es el mismo: miedo.

Enfrentando los miedos ajenos y los propios

Seré honesto: durante estas últimas semanas, meses, este último año —y mientras preparaba esta reflexión— he procurado no permitir que el miedo me consuma.

Mientras revisaba documentos, estudiaba los principios de Unity y escuchaba los discursos de Martin Luther King, buscaba algo que me ayudara a comprender. Fue entonces cuando, al leer la «Carta desde la cárcel de Birmingham», una frase me detuvo.

El Dr. King afirmó que no le temía a la palabra tensión. Aclaró que, aunque siempre predicó en contra de la tensión violenta, existe una tensión constructiva y no violenta necesaria para el crecimiento.

Aquellas palabras resonaron en mí, y al mismo tiempo me resultaban familiares. Volví a leer la carta varias veces hasta que lo vi con claridad.

Fue entonces cuando entendí sus palabras: «Estamos atrapados en una red ineludible de reciprocidad, unidos por un único destino. Lo que afecta directamente a uno, afecta indirectamente a los demás».

Él estaba enseñando un principio fundamental de Unity.

El principio de la unicidad

Para quienes se acercan por primera vez a estas enseñanzas, el primer principio universal de Unity nos recuerda que existe un solo poder y una sola presencia activa en nuestra vida y en el mundo. El segundo afirma que, al ser esa presencia una sola, todos participamos de ella.

Martin Luther King abrazó plenamente este principio de unicidad: ningún ser humano puede ser marginado, menospreciado o degradado sin atentar contra la totalidad de la humanidad. En la misma carta afirmó: «Nunca más podemos permitirnos vivir con la idea estrecha y provinciana del “agitador externo”. Cualquiera que viva dentro de Estados Unidos jamás podrá ser considerado un forastero».

El Dr. King no marchó solo por un grupo; marchó contra la idea misma de que vivamos aterrados unos de otros. Encarnó el amor ágape: un amor incondicional que se ofrece sin esperar nada a cambio.

El trabajo más profundo de nuestra vida consiste en vivir desde este amor, porque no es pasivo ni consiste en dejar pasar las cosas. Significa que, al defender lo que creo, debo reconocer la humanidad de quienes parecen oponerse a mí.

Significa que, cuando marcho por quienes han perdido la vida, cuando marcho por el derecho a un proceso justo y cuando marcho para que ningún ser humano viva con miedo, lo hago desde el amor y no desde el odio ni desde el temor.

Debemos elegir

Podemos permitir que el miedo nos endurezca y nos vuelva amargos; podría odiar al hombre que huyó aquella noche de Halloween, odiar al gobierno o incluso odiar al sistema. O puedo elegir, como lo hizo el Dr. King, permanecer firme en el amor y la comprensión.

Él nos dejó herramientas para amar y transformar, y quiero compartirte algunas de sus palabras, añadiendo únicamente la expresión porque, para que aprecies cómo se enlazan en algo semejante a una ley espiritual.

Él dijo: «Que nadie te arrastre a un nivel tan bajo que termines odiándolo».

Porque… «el amor es la única fuerza capaz de transformar a un enemigo en un amigo».

Porque… «la oscuridad no puede disipar la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede erradicar el odio; únicamente el amor tiene ese poder».

Esta es la clave: si permito que el miedo me lleve a odiar al hombre que me teme, no hago más que reforzar ese miedo y alimentar la separación que él cree real.

Por eso, hoy quiero dejarte este desafío:

  • ¿Podemos sentir compasión por los padres que temen por sus hijos?
  • ¿Podemos sentir compasión por las familias que nos miran con recelo desde sus ventanas?
  • ¿Podemos sentir compasión incluso por quienes ponen en duda nuestra integridad por factores que están fuera de nuestro control?

Todas estas reacciones nacen del miedo, y el Dr. King nos mostró que podemos responder a ese miedo con amor.


Acerca del autor

Ryan Harvey is the director of media, information, and technology at Unity San Francisco, California.



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