Cuando la madre de Yuri Williams falleció en 2009, tras una lucha de ocho años contra el cáncer, sintió como si su mundo hubiera dejado de girar. Durante los cinco años siguientes vivió sumido en una depresión profunda, atrapado en un dolor inconcebible.

«Sé que suena extraño», dice, «pero nunca pensé que perdería a mi madre. Creí que viviría para siempre hasta que ella murió. Fue entonces cuando entendí que la muerte era real». Ya había soportado pérdidas —abuelos, otros familiares, amistades— creciendo en su natal South Central Los Ángeles en los años ochenta. Pero la transición de su madre lo dejó completamente vulnerable. Williams se aferró a la fe que su madre, Lynda Hubbard, le había inculcado desde niño. «Ella me leía La Palabra Diaria todos los días», recuerda. «Un día, cuando volvía caminando de la escuela primaria, vi a alguien recibir un disparo. Después de eso, nunca volvió a dejar que regresara solo a casa, y cada mañana leía La Palabra Diaria diez minutos antes de ir a la escuela. Hay algo especial en escuchar una lectura espiritual al comenzar el día», añade. «Te da energía para seguir, como encender una máquina».

Ese ritmo diario —sumergirse en las Escrituras, reflexionar y establecer una práctica familiar de fe— formó su memoria espiritual. Y lo acompañó en su proceso de duelo, guiándolo hacia una vida dedicada al servicio de quienes necesitan alegría, esperanza y su propio superhéroe.

Del duelo a la generosidad

La compasión siempre fue el lenguaje del amor de su madre, dice Williams, hoy de 49 años. Como agente de libertad condicional en el condado de Los Ángeles, lideraba con firmeza y con un corazón generoso. «Mi madre podía cocinar cualquier cosa», recuerda. «Así mostraba su amor: a través de la comida. El alimento nutre, acompaña, reconforta. Preparaba platillos y postres para toda la comunidad, incluso para quienes vivían sin hogar, mucho antes de que fuera algo habitual».

En 1999, Williams siguió los pasos de su madre como agente de prisiones juveniles en el Departamento de Libertad Condicional del Condado de Orange. Durante dos años trabajaron juntos mientras ella guiaba sus inicios. Tras su fallecimiento, él retomó su ejemplo, dedicándose esta vez al servicio comunitario. Servir en medio de su duelo fue tan liberador como revelador de su propia humanidad, y la sanación llegó lentamente.

«Mis compañeros de trabajo me donaron 400 horas para poder transitar mi duelo», recuerda. «El día que volví, llamé a mi madre por costumbre. Sonó hasta llegar al buzón de voz. Me quedé ahí, llorando». Ese mismo día abrió una cuenta de Instagram y conectó con un cosplayer llamado Hip Hop Trooper, que se vestía como un soldado imperial rojo de La guerra de las galaxias. «Me encanta la saga Star Wars y el hip hop, así que uní ambas cosas, dando origen a mi organización sin fines de lucro». Al principio, Williams cambió su uniforme por un traje de Spider-Man y con él caminaba entre los campamentos de indigentes en el centro de Los Ángeles. Se sintió impulsado por la alegría que generaba ver a otros sonreír, sorprendidos de que un superhéroe de tamaño real se detuviera simplemente para preguntar cómo estaban. «Puedo ayudarles porque sienten que pueden confiar en mí», dice. «Cuando me ven así, disfrazado, regresan a su niñez y eso les permite abrirse».

En 2017 formalizó su servicio comunitario bajo el nombre A Future Superhero and Friends. Lo que comenzó alimentando a personas sin hogar se expandió a visitas para niños, personas mayores, veteranos y pacientes en hospitales, emocionados por ver aparecer a Spider-Man, Deadpool o cualquiera de los otros personajes que interpreta. Su época favorita es la Navidad, cuando él y su amigo Rodney Smith Jr. realizan su gira anual por distintos estados promoviendo la bondad. Se conocieron en Instagram durante la etapa más difícil de la depresión de Williams. «Vi el trabajo de Rodney. Cortaba el césped gratis para madres solteras, veteranos y personas con discapacidad en los 50 estados», cuenta. «Un día venía a Los Ángeles y le escribí para invitarlo a almorzar».

Conectaron al instante. Cuando Williams pidió unirse a sus viajes, Smith aceptó sin dudar. Con el tiempo, han visitado a familias, veteranos, ancianos, animales y niños con necesidades especiales, llevando alegría dondequiera que van. Smith incluso donó 10,000 dólares un año para sostener la misión. «Si no lo hubiera conocido, quizá aún estaría atrapado en mi depresión», dice Williams. «Pasó de amigo a hermano».

Cuando trabajamos juntos, es como Kobe y Shaq: hacemos equipo perfecto para repartir amor y compasión». Aprovechando el tiempo de sus vacaciones laborales, Williams ha cruzado Estados Unidos cinco veces y media, además de visitar Hawái y Alaska, alcanzando a más de 25,000 personas: entregando juguetes, alimentos y mantas, siempre vestido como algún personaje de cómic. «Ver las montañas y conocer a tanta gente… fue como despertar», dice. «En ese momento supe que esto era lo que estaba llamado a hacer».

Amor que se multiplica

La fe de Williams siempre ha sido personal y constante, esté donde esté. «Mi familia comenzó en la iglesia cristiana, pero dejé de asistir después de un tiempo», dice. «Aun así, vivo los valores espirituales que aprendí. No creo necesitar un edificio para adorar a Dios. Hablo con él mientras conduzco; sé que me escucha. Ha respondido a muchas de mis oraciones».

Una de esas oraciones transformó su camino. Le pidió a Dios: «Si quieres que haga esta labor, necesito tu ayuda, ya sea financiera o a través de una plataforma donde pueda ser visto». Dos semanas después, apareció en Good Morning America. «Fue la confirmación de que no puedo rendirme en esta misión».

Pero incluso con propósito claro, los desafíos continúan. Cada traje cuesta alrededor de 3,000 dólares, además de los gastos de viaje. A veces recibe donaciones, pero la mayor parte proviene de su propio bolsillo. Viaja a donde lo llaman. «No puedo salvar a todos, pero nunca le diría que no a nadie». Transformado por el amor hacia su madre, Williams se ha convertido en un héroe para muchos, con o sin traje. Lleva ese mismo espíritu a su trabajo con jóvenes en el sistema de justicia juvenil. «Nos piden que no hablemos de fe en el trabajo, pero siempre encuentro una forma de transmitir esperanza», dice. «Les digo que encuentren fe o algo en lo que creer. Cuando finalmente lo comprenden y no regresan al sistema, sé que he cumplido mi misión».

Criado con la certeza de que una persona puede marcar la diferencia, Williams afirma que su labor va más allá de la caridad: es comunión. «Es mi práctica espiritual y mi vocación», dice. «Veo a Dios en todo esto: puedo tender la mano y elevar a quienes encuentro, como él lo haría. Las personas me miran con admiración, y sé que él está dentro de mí, guiándome en este camino».


Acerca del autor

Janelle Harris Dixon es escritora, editora y coautora de Headphones and Heartbreaks: A 60-Day Musical Journey to Bouncing Back from a Broken Heart. Reside en Washington, D.C. Más información en thewriteordiechick.com.


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