Cuando me encontré en uno de los mayores desafíos de mi vida, recurrí instintivamente a la sabiduría, la verdad y la firmeza de los principios espirituales que había aprendido en Unity. Aunque estaba a cientos de kilómetros de mi iglesia local y grupo de apoyo, las enseñanzas que había absorbido a lo largo de los años no me decepcionaron.

Habiendo nacido y crecido en Dallas, Texas, estaba acostumbrada al calor, el tráfico y el ruido. Sin embargo, cuando las restricciones por el COVID-19 en marzo de 2020, la combinación de aislamiento, ruido y altas temperaturas se volvió casi insoportable. Perdí a todos mis estudiantes de piano y, con ellos, mi fuente de ingresos. Incluso mi amada Unity en Greenville cerró sus puertas a los servicios en persona. Ya no podía unirme a mis amigos para cantar «Que haya paz en la Tierra» y encontrar consuelo en esa conexión. Ansiaba salir de la ciudad en busca de tranquilidad, espacio, naturaleza y temperaturas más frescas. Sin embargo, la casa que había tenido en New York ya no era una opción: cuando volví a Dallas para lo que pensé que sería una breve estadía, unos ocupantes no autorizados se habían adueñado de la propiedad. Mientras pagaba el alquiler en Dallas y luchaba por mantener la casa en New York, me atrasé en los pagos de la hipoteca y la casa fue embargada con los ocupantes aún dentro.

Busqué propiedades en North Carolina, Virginia, Vermont, incluso en Costa Rica, pero nada estaba a mi alcance, especialmente con mi historial crediticio afectado. Me sentía atrapada, pero seguí con mis afirmaciones y prácticas de meditación. En octubre, un exvecino de New York me escribió diciendo que mi antigua casa olía mal. Le respondí que ya no era mía, que el banco la había embargado hacía tiempo. Pero algo no tenía sentido, ¿por qué el banco no había desalojado a los ocupantes, limpiado la propiedad y vendido? Decidí llamar para preguntar.

Si alguna vez imaginaste cómo se sintieron María y Marta al ver a Lázaro resucitar, entenderás mi asombro cuando el banco me informó que aún era dueña de mi casa. Me enfrenté a una gran decisión. ¿Podría dejar a mis amigos de Unity en Dallas para regresar a New York? ¿Tendría la energía y los recursos para restaurar una casa en ruinas? Durante tanto tiempo había pedido vivir en un lugar con un clima más fresco, más paz y naturaleza. Pero ¿era esto lo que realmente buscaba? Decidí ir a la propiedad, contraté un abogado y, tras un complicado proceso de desalojo, logré recuperarla. Luego emprendí el viaje con mi perrito chihuahua, mi cafetera, mi computadora y una caja de libros. Al llegar, la realidad me golpeó: la casa estaba peor de lo que imaginaba. Abrumada, lloré, vomité y me fui a la cama. Afortunadamente, algunos amigos de mi estancia anterior en New York me ofrecieron una cabaña donde quedarme mientras decidía qué hacer.

De aquellos días, aun conservo un ejemplar subrayado de Las obras completas de H. Emilie Cady. Sus palabras sobre los principios de la Verdad eran claras y firmes: después de orar, hay que soltar y confiar plenamente en el Poder Supremo. Eso me llevó a recordar el primer servicio de Unity al que asistí en 1982, cuando escuché por primera vez la lección sobre dejar ir y dejar a Dios actuar. Más de una vez, en medio de la desesperación por la casa en ruinas y mis finanzas tambaleantes, seguí el consejo de Cady: aquietar la mente y sumergirme en la presencia divina.

En las semanas siguientes, me convertí en una trabajadora de la construcción a mis 74 años y con mi metro y medio de estatura. Coloqué paneles de yeso, instalé un inodoro yo sola y limpié hasta que la casa estuvo habitable. Finalmente, mi chihuahua y yo nos mudamos. Fue un gozo ver el regreso de los pavos, los ciervos, los pájaros carpinteros y las ardillas. Tomaba descansos de trabajar en la casa y caminaba por algunos de los senderos cercanos, explorando hermosos estanques y lagos.

Los desafíos fueron innumerables antes de poder restaurar por completo la casa, a la que ahora llamo con cariño la Casa Boomerang. Durante ese tiempo, llamé varias veces al Ministerio de Oración de Unity para pedir oración, especialmente cuando sentía el peso del aislamiento al vivir en el centro de las montañas Adirondack. No pasó mucho tiempo antes de que mi ahijada de 19 años, sus padres y dos de mis mejores amigas, a quienes conocí en Unity en Greenville, vinieran a visitarme.

Hoy, la iglesia Unity más cercana está a dos horas de distancia, lo que hace que asistir regularmente sea poco práctico, sobre todo en invierno. Pero La Palabra Diaria, Silent Unity, los libros de Unity y, especialmente, los amigos que hice en este camino, siguen nutriendo mi vida espiritual. No podría estar más agradecida.


Acerca del autor

Nanci Vineyard, estudiante de Unity durante décadas, es profesora, oradora, asesora de redacción y autora. Para más información, visita nancivineyard.com


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