La facilidad y la gracia de soltar
La mayoría de mis recuerdos de infancia están llenos de momentos especiales con familia y amigos, pero hay uno que destaca como una valiosa lección sobre la importancia de dejar que la vida me guíe. Ocurrió en invierno y, más de 50 años después, sigue regresando a mi mente con frecuencia.
Aprendí a esquiar en séptimo grado, cuando el departamento de recreación local comenzó a organizar excursiones de un día desde algunos vecindarios de Philadelphia a distintas estaciones de esquí. Aprovechaba cada oportunidad para ir, tomando una lección por la mañana y practicando el resto del día. Mis padres me compraron unos esquís usados, largos y difíciles de manejar. Aun así, estaba decidida a aprender. En uno de mis primeros viajes, opté por aventurarme en la pista para principiantes. Para llegar a la cima, debía usar un telesilla conocido como J-bar, que funcionaba de una manera particular: los esquiadores se colocaban con los esquís apuntando cuesta arriba mientras una barra metálica en forma de J, suspendida en un cable, se deslizaba por detrás y los empujaba suavemente hacia arriba por un sendero en la nieve. Cuando llegó mi turno, me aferré con fuerza a la barra mientras intentaba mantener mis esquís en la pista. Sin embargo, tarde o temprano mis esquís se cruzaban o mi agarre cedía, y terminaba en el suelo. Luego, esquiaba de regreso al inicio y volvía a intentarlo. Así una y otra vez. A veces lograba avanzar un poco más antes de caer, pero nunca llegaba a la cima.
«Cuando mi voluntad humana insiste en aferrarse, lo más poderoso es soltar y permitir que la Divinidad en mí me guíe».
Después de varios intentos, decidí tomar un descanso para almorzar. Pensé que, con el descanso, me iría mejor. Al volver, me quedé observando a los esquiadores en el telesilla. Me sorprendió ver que ninguno se aferraba como yo. Algunos se ajustaban las gafas, otros saludaban a sus amigos, y muchos simplemente permanecían de pie, con los brazos relajados mientras la barra los llevaba colina arriba. No luchaban contra el proceso. Solo se dejaban llevar. Entonces lo entendí: había estado haciéndolo mal. No era necesario sujetarme con fuerza, ¡en absoluto! Todo lo que tenía que hacer era colocar mis esquís en la dirección correcta y dejar que la barra en forma de J me guiara. No solo podía soltarla, sino que se suponía que debía hacerlo. Lo intenté de nuevo y, por primera vez, llegué a la cima sin caerme.
Desde entonces, esta experiencia ha sido un recordatorio constante en mi vida. A lo largo de los años, he aprendido que cuando mi voluntad humana insiste en aferrarse, lo más poderoso es soltar y permitir que la Divinidad en mí me guíe. Aunque al principio parezca contradictorio o aterrador, aferrarse demasiado puede frenar el avance y hacerme perder valiosas oportunidades de crecimiento y confianza. Ya no tengo aquellos esquís largos, pero conservo la lección más importante: la belleza de soltar y confiar.
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