Hace años, mientras vivía en el centro de Texas, intenté cultivar un limonero Meyer, una variedad de limón de sabor más suave y ligeramente dulce. Crié el árbol, al que llamé Lucy, desde un retoño, cuidándolo en una gran maceta y celebrando cada nuevo brote. El primer año produjo apenas dos limones, que recogí con entusiasmo. Aunque satisfecha, me preguntaba si podía hacer algo más para lograr una cosecha mayor al año siguiente.

Aprendí que ya hacía lo correcto y que el fruto llegaría a su debido tiempo. Pronto Lucy se cubrió de flores de dulce aroma, cada una con la promesa de una dulzura cítrica, y así fue. En diciembre siguiente, el limonero dio ocho limones maduros. Esta vez tardé en recogerlos. Los dejé colgados mientras buscaba un uso más intencional que aromatizar un vaso de té helado. Los días se volvieron semanas, y Lucy volvió a llenarse de flores fragantes —promesa de una cosecha aún mejor—, mientras los limones maduros seguían en las ramas. Hasta que, una a una, las flores comenzaron a marchitarse y caer, sin dejar rastro de fruto. Entré en pánico. Supuse que el árbol necesitaba más agua y estuve a punto de ahogarlo. Luego lo trasladé a un lugar más soleado para protegerlo del frío invernal.

Mi corazón se encogía con cada flor al caer. Lloré la cosecha que creía perdida y temí haber sido yo quien había causado el problema. Entonces tuve un momento de claridad.

Cuando finalmente recogí el fruto maduro, sentí una profunda paz y la certeza de que no renunciaba al futuro, sino que colaboraba de manera consciente con él.

Sin investigación ni asesoría experta previa, mi sabiduría interior se expresó con nitidez. Había dejado fruta madura en el árbol mientras se preparaba para la siguiente temporada. Lucy no tenía energía para sostener ambas cosas. La nueva vida se marchitó porque no había soltado lo que ya había cumplido su propósito.

Me sentí satisfecha con la abundancia recibida y, al mismo tiempo, me faltó fe para confiar en que podría repetirse. Mis acciones nacían del miedo, no de la fe. Temía que, si soltaba lo que ya había madurado, no habría suficiente. Al aferrarme a lo bueno, sin querer limité aquello que buscaba manifestarse después.

Jesús enseñó: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, se queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24). La vida se multiplica al soltar. Lo que ya ha cumplido su propósito necesita dejarse ir para que surja nueva vida. La escritora del Nuevo Pensamiento H. Emilie Cady afirmó: «Solo cuando soltamos podemos recibir». Mi limonero vivió esta verdad con sencillez. Cuando finalmente recogí el fruto maduro, sentí una profunda paz y la certeza de que no renunciaba al futuro, sino que colaboraba de manera consciente con él. ¿Con qué frecuencia hacemos algo similar? Nos aferramos a lo que ya ha madurado —roles, rutinas, logros o formas de ser— por temor a que soltar signifique perder. Sin embargo, la fe nos invita a confiar en el tiempo y en la inteligencia divinos. La liberación no es un final; es una apertura.

Hoy elijo soltar con gratitud y fe. Al liberar lo que ya ha cumplido su propósito, confío en que abro espacio para que nuevas flores surjan, portadoras de la promesa de un futuro aún más abundante de lo que imagino.


Acerca del autor

La Rev. Maggie Alderman es directora del Ministerio de Oración de Unity, conocido como Silent Unity.