Deja ir y deja a Dios actuar
Avanza con serenidad espiritual y plena confianza en medio de los desafíos.
Es probable que casi todo buscador espiritual se haya enfrentado a un concepto que, aunque lo comprenda y esté de acuerdo con él en teoría, le resulte difícil de poner en práctica.
Para mí, ese concepto es dejar ir y dejar a Dios actuar. Durante años he bromeado diciendo que soy más bien del tipo de persona que dice «espera y déjamelo a mí». Creo entender lo que significa dejar ir y dejar a Dios actuar. Incluso escribí al respecto en el folleto de Cuaresma de este año, publicado por Unity. Estoy convencida de que se trata de una práctica espiritual sabia y transformadora. Con frecuencia invito a otras personas a adoptarla. Y sin embargo, todavía me cuesta.
No me sorprende en lo absoluto encontrarme, una vez más, en una situación que me brinda la oportunidad perfecta para practicar justamente eso: dejar ir y dejar a Dios actuar.
En muchas ocasiones, los obstáculos que surgen al tratar con seguros de salud o consultas médicas se transforman, para quien tiene el corazón dispuesto, en valiosas oportunidades de crecimiento espiritual. En mi caso, he estado tratando de obtener aprobación para unos procedimientos quirúrgicos ambulatorios de rutina. Llevo meses en este proceso, desde que mi solicitud inicial fue denegada el año pasado. Desde entonces, me he visto atrapada en un laberinto de menús automatizados (curiosamente, ninguna de las opciones parece ser la adecuada), mensajes sin respuesta y valiosos minutos en espera, acompañados en bucle por la frase: «Su llamada es muy importante para nosotros. Por favor, permanezca en la línea».
He proporcionado toda la documentación necesaria, hecho llamadas, dejado mensajes y aprendido más sobre códigos de diagnóstico y procesos complejos de autorización de lo que jamás imaginé.
A pesar de todo ese esfuerzo, mis llamadas seguían sin ser respondidas. De alguna manera, cada persona con la que logré hablar no podía ofrecerme ayuda. El consultorio médico culpaba a la aseguradora, y la aseguradora al consultorio, por no haber presentado correctamente la solicitud.
Estaba perdiendo la paciencia y sintiéndome cada día más frustrada. Me preguntaba si, espiritualmente, estaba haciendo todo lo que podía. Anhelaba paz, y supuse que la mejor manera de encontrarla era dejar ir y dejar que Dios actuara. Decidí entonces dejar de insistir. Pensé que, si dejaba de forzar una solución, quizás esta surgiría de forma natural, pero no fue así.
¿Qué significa realmente dejar ir y dejar a Dios actuar?
Fue entonces cuando comprendí que la inacción no equivale a dejar ir. En realidad, había estado postergando, evitando tomar medidas constructivas. Tampoco significa que verdaderamente haya permitido que Dios obrara a través de mí.
Dejar que Dios actúe no implica pasividad ni esperar que una fuerza externa resuelva todo por mí. Es, más bien, enfrentar la vida, sobre todo sus desafíos, desde una conciencia espiritual. Y siendo honesta, debo admitir que no lo había hecho plenamente.
Además de afrontar las circunstancias desde una visión espiritual, dejar que Dios actúe significa ser un canal de la gracia divina cuando la paciencia flaquea. Es permitir que la guía interior emerja justo cuando toda alternativa parece haberse agotado. Es recordar que siempre hay algo por lo cual agradecer, aun cuando las cosas parecen ir más mal que bien.
Con esta nueva comprensión, supe por dónde comenzar. Reuní mi paciencia y volví a levantar el teléfono. Enfrenté las demoras con oración. Respondí a la irritación con perdón y a la intransigencia con paciencia.
Aún sigo esperando que aprueben la cirugía, pero ya no me siento abrumada ni derrotada. Dejar ir y dejar a Dios actuar me ayuda a sostener esta experiencia desde una visión más amplia. Todavía no sé cómo se resolverá, pero ahora me siento en paz con la manera en que la estoy atravesando, abierta a una resolución que tal vez aún no puedo imaginar.
Te invito a dejar ir y dejar a Dios actuar, especialmente si estás atravesando una situación desafiante. Recuerda que, como ser espiritual, puedes afrontar la vida desde una perspectiva más elevada, manifestando tus dones divinos y sabiendo que, con Dios, nunca estás solo. Dejar ir y dejar a Dios actuar no significa rendirse ni renunciar a nuestra responsabilidad personal; es un acto de fe y confianza, una forma de vivir la verdad de que Dios está en nosotros y con nosotros, guiándonos amorosamente en cada paso del camino.
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