Durante décadas he comenzado cada mañana con La Palabra Diaria®, pero nunca sus mensajes significaron tanto para mí como cuando me senté en una silla de quimioterapia y comprendí que estaba muriendo por dentro, no a causa del cáncer, sino por medir mi valor únicamente en función de los resultados médicos.

El despertar sobrevino tras mi cuarto tratamiento. Había perdido 24 libras en una semana. Mis lágrimas, mezcladas con toxinas, me quemaban las mejillas. Me sentía vacía física, emocional y espiritualmente. Entonces me di cuenta: había confundido la sanación con la curación. Permitía que los médicos y los resultados definieran mi bienestar y mi plenitud, tal como vi hacer a mis padres durante sus propias batallas contra el cáncer años atrás.

Mi primer impulso al recibir el diagnóstico de cáncer de mama —un año y un día después de una cirugía a corazón abierto— fue acudir a la medicina, no a la meditación; a cirujanos y escáneres, no al silencio y la oración. Aunque los médicos me aseguraron que mi enfermedad era tratable, me sentía vacía. Había dejado a un lado la fe que antes me ayudaba a superar los desafíos y me apoyaba solo en la medicina, midiendo el progreso por los análisis de sangre y los resultados de los escáneres.

«La sanación es recordar la plenitud divina, sin importar las circunstancias físicas. El bienestar auténtico fluye desde el interior, y ningún diagnóstico, informe o tratamiento puede disminuir la radiante expresión de Dios que soy».

La realización de la plenitud

Sentada en esa silla de quimioterapia, recordé lo que enseña Unity: la verdadera sanación es el regreso a la plenitud, no la simple ausencia de enfermedad. El bienestar genuino no lo determina las predicciones médicas, sino mi conexión con lo Divino en mi interior. Había estado tan enfocada en curar mi cuerpo que había olvidado sanar mi alma.

En contra del consejo médico, completé cuatro de los seis tratamientos de quimioterapia recomendados. No se trataba de negación ni de rendición, sino de elegir confiar en la guía del Espíritu que habita en mí. Después de ver cómo mi madre perdió el deseo de vivir cuando sus tratamientos se volvieron demasiado intensos, supe que no quería el mismo destino.

Volví la mirada hacia mi interior y afirmé: Me guía la mente divina. Me fortalece la vida divina. Me restaura el amor divino. En lugar de medir el progreso con gráficos médicos, comencé a medirlo con la paz interior. La pérdida prematura de mis padres me enseñó a vivir plenamente el presente, porque el mañana no está garantizado. De ese aprendizaje nació, además, un optimismo constante. Ambas cualidades, junto con mi experiencia en el tratamiento y el cumplimiento de los requisitos mínimos, me llevaron a tener una fe absoluta en que estaría bien, sin importar el resultado.

Una nueva comprensión

Fue en las páginas de un diario donde procesé esta nueva comprensión, y donde llegué a agradecer incluso a las sustancias químicas que antes veía como tóxicas, por cumplir con su propósito sanador. Como creo que la gratitud es el antídoto ante cualquier resentimiento o frustración, comprendí que había aceptado el fin de la quimioterapia, pero no la quimioterapia en sí. Necesitaba permitirle hacer su trabajo, bendiciéndola en lugar de culparla. También reconocí que mi sanación más profunda provenía de recordar mi plenitud en Dios. De esas páginas surgió una gratitud radical, no solo por los momentos agradables, sino por todo el proceso que me enseñaba la diferencia entre reparar y sanar.

Podría haber dejado que la atención médica absorbiera toda mi energía. En cambio, dirigí mi enfoque del caos del tratamiento hacia la plenitud que podía cultivar dentro de mí. Aprendí que la sanación no consiste en dominar los detalles médicos, sino en permitir que fluya el apoyo divino, tanto a través de las manos de los profesionales de la salud como por medio de la paz que sobrepasa todo entendimiento.

Hoy ya no mido el bienestar solo por los resultados médicos. Sigo visitando a mi oncólogo para mantenerme atenta a cualquier recurrencia del cáncer. Mi cuerpo continúa sanando, pero, más importante aún, mi alma conoce su plenitud. Vivo con alegría, en paz con la mortalidad, agradecida por cada respiro, no porque mis exámenes estén limpios, sino porque recuerdo quién soy realmente.

Cada mañana, con un bolígrafo en la mano y La Palabra Diaria a mi lado, regreso a esta verdad: la sanación es recordar la plenitud divina, sin importar las circunstancias físicas. El bienestar auténtico fluye desde el interior, y ningún diagnóstico, informe o tratamiento puede disminuir la radiante expresión de Dios que soy.

Esa es la lección que me sostiene cada día: nunca estoy sola, siempre soy guiada y, sin importar mi condición física, soy eternamente plena.


Acerca del autor

Lise Ellsworth escribe sobre espiritualidad, gratitud y perdón, y actualmente trabaja en sus memorias. Vive con su pareja en Florida, donde disfrutan volar en su hidroavión con sus tres perros y remodelar su nuevo hogar.



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