Enfrentar un diagnóstico terminal es un punto de inflexión. Es un llamado ineludible a reconocer la fugacidad de nuestra experiencia en este plano. Sin embargo, incluso frente a una noticia tan abrumadora, la curación sigue siendo posible. Porque sanar no siempre implica sanar el cuerpo, sino despertar a una verdad más profunda sobre nuestra esencia.

A menudo recuerdo a mi amigo Bobby, diagnosticado con ELA (esclerosis lateral amiotrófica). La enfermedad avanzó con rapidez, robándole movilidad y forzándolo a depender de otros, algo que le resultaba difícil. Durante los años que lo conocí, fue un hombre entregado a su familia, sus amigos y, sobre todo, a su vocación como educador. Siempre servía a los demás con humildad.  

Cuando sus piernas empezaron a fallarle con más frecuencia, me enteré de su profunda conexión con Dios. Meses después de su diagnóstico, empezó a cuestionar su fe como nunca lo había hecho antes. 

Las palabras de Jesús nos recuerdan: «Tu fe te ha sanado». No porque la fe garantice la curación física, sino porque nos invita a conectarnos con la plenitud que siempre ha sido nuestra verdadera esencia.

Una tarde, mientras conversábamos en su sala, me preguntó con tristeza: «¿Por qué me castiga Dios? ¿He pecado tanto que esto es lo que merezco?» Con delicadeza respondí, «No creo que Dios nos castigue». Su reacción fue de enojo: «Entonces, dime por qué está pasando esto», dijo, mientras las lágrimas corrían por su rostro. «Dile a la gente que no vengan. No quiero que me vean así». 

«Siempre has estado para los demás, Bobby, pero nunca dejaste que te ayudaran. ¿Por qué negarles ahora la oportunidad de demostrarte cuánto te valoran? No sé por qué sucede esto, pero quizás permitirte recibir apoyo sea una parte de tu proceso de sanación». 

Acepto el cuidado que me rodea

Acompañar a Bobby durante su enfermedad fue clave en mi aprendizaje sobre la confianza en lo Divino. Juntos oramos por su sanación, y aprendí a abrazar una comprensión más profunda de lo que realmente significa sanar. A medida que la enfermedad avanzaba y las capacidades físicas de Bobby disminuían, él se mostraba más receptivo al cuidado de la comunidad que tanto lo amaba. Encontraba alegría en pequeños momentos: viendo sus programas de televisión favoritos, pidiendo a su madre que le acariciara la cabeza y disfrutando en silencio del amor que le brindábamos.  

La fe no salvó a Bobby de su diagnóstico, pero su disposición a dejarse amar transformó su experiencia. Ser testigo de cómo su corazón se abría al amor mientras su cuerpo declinaba, me enseñó que la sanación puede manifestarse en la conciencia, incluso si el cuerpo no la refleja. 

Las palabras de Jesús nos recuerdan: «Tu fe te ha sanado». No porque la fe garantice la curación física, sino porque nos invita a conectarnos con la plenitud que siempre ha sido nuestra verdadera esencia. 

Este artículo apareció por primera vez en el folleto de Unity, El poder de la fe para sanar


Acerca del autor

El Rev. Todd Humphrey es ministro de Crystal Coast Unity en Atlantic Beach, North Carolina.



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