La gratitud en la devastación
La noche del 26 de septiembre de 2024, la tormenta tropical Helene azotó el oeste de North Carolina. Desperté con el rugir del viento y la intensa lluvia. Pronto, se interrumpieron el suministro eléctrico y el acceso al agua potable, convirtiendo lo que parecía un simple inconveniente en una experiencia que transformó mi vida.
El último mensaje de texto que recibí antes del corte de señal provenía de un miembro de la congregación: «Tengo miedo. Nuestra casa está destruida. Falta uno de nuestros perros. Esperamos ser rescatados. Por favor, oren por nosotros». Sus palabras reflejaban la gravedad de la situación.
Helene dejó a su paso un escenario de destrucción: deslizamientos, inundaciones, pueblos devastados y, lamentablemente, vidas perdidas. El paisaje que conocía se volvió irreconocible, con carreteras bloqueadas y servicios básicos colapsados. Sin embargo, en medio de la devastación, algo extraordinario comenzó a surgir.
Encontrar la conexión
Los vecinos, con quienes antes solo había intercambiado saludos breves, comenzaron a salir de sus casas. Sin distracciones como la televisión o internet, pasamos de simples preguntas a compartir alimentos, recursos y vivencias. La conexión reemplazó el aislamiento, y la colaboración se convirtió en nuestra mayor fortaleza.
Al tercer día, logré llegar a Unity of the Blue Ridge, la iglesia donde sirvo como ministra. Aunque la propiedad estaba dañada, seguía en pie. Las aulas juveniles que habíamos remodelado a principios de año estaban afectadas, y la cocina mostraba señales de filtración. Sin embargo, entre los árboles caídos, la pequeña casa rodante de nuestro jardinero permanecía intacta, como si una fuerza invisible la hubiera protegido.
Una mezcla de angustia y alivio
A medida que recibía noticias, experimenté una mezcla de angustia y alivio. El feligrés que me había enviado el mensaje fue rescatado, al igual que su mascota desaparecida, aunque. su casa quedó destruida. Trágicamente, la tormenta se cobró la vida de la directora de operaciones de nuestra propiedad hermana, junto con sus dos hijos pequeños y su prometido. Y lamentablemente, habría muchas más pérdidas.
Los hospitales, colapsados por la cantidad de pacientes sin hogar, usaron escuelas vacías como centros de atención improvisados. Como capellana voluntaria en uno de estos refugios, me encontré con relatos de pérdidas indescriptibles. Un hombre, consumido por el dolor, lloraba diciendo: «¿Por qué sobreviví yo y no mi esposa?». La magnitud del sufrimiento colectivo era abrumadora, pero también lo eran la fortaleza, el apoyo mutuo y la humanidad que pude presenciar.
«Den gracias a Dios en todo...»
Cada noche, regresaba a casa y me sumergía en la calma de la luz de las velas. Una de esas noches, con el corazón apesadumbrado, tomé mi diario y escribí: «Den gracias a Dios en todo...». Esta práctica proviene de mi formación pentecostal.
Aunque esta enseñanza encierra una profunda sabiduría, es importante hacer una distinción clave. Nos invita a dar gracias «en» medio de todas las circunstancias, no necesariamente «por» ellas. La gratitud no implica ignorar, minimizar, pasar por alto ni fingir lo que sentimos.
Cuando era niña, me enseñaron a dar las gracias como muestra de buena educación. Sin embargo, a menudo mi gratitud era superficial, simplemente una respuesta automática a algo que no valoraba de verdad. Con el tiempo, aprendí a ir más allá de esa gratitud mecánica y a conectar con su verdadero significado.
Gratitud verdadera
La gratitud auténtica no puede surgir de la falsedad; debe provenir de la sinceridad. No se trata de negar el dolor ni de ignorar las dificultades. El verdadero espíritu de la gratitud nos recuerda que: «Estás en este mundo, pero no eres del mundo. Aunque estás viviendo esta experiencia, eres mucho más que eso. Esta experiencia no puede superar tu Espíritu, tu Ser Superior. Todo lo que YO SOY es mucho más grande que cualquier cosa en este mundo».
El espíritu de gratitud nos conecta con nuestra esencia y con una verdad profunda e inquebrantable que susurra: «Mi alma está en paz». Nos permite sostener el dolor y la bondad a la vez, honrar lo perdido y valorar lo que permanece. Más que un acto transaccional, es una gratitud que nace de la conciencia de la verdad última. Como dijo Emerson: «Lo que hay detrás de nosotros y lo que está ante nosotros son pequeñas cosas comparadas con lo que hay dentro de nosotros».
Helene, como todas las tormentas de la vida, no hizo distinciones. Al eliminar distracciones, reveló lo esencial y nos llevó a redescubrir nuestro ser más profundo y nuestra capacidad de compasión, conexión, creatividad y valentía. Por ello, siento una profunda gratitud.
Este artículo apareció por primera vez en el folleto de Unity, El verdadero espíritu de la gratitud.
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