Crecí con el refrán: «A quien madruga, Dios le ayuda». Para mí, asumir la responsabilidad de resolver mis problemas era una obligación moral. Estaba convencida de que podía superar cualquier desafío con solo dedicarle un análisis exhaustivo y una reflexión profunda. Creía que era mi deber —y solo mío— darle sentido a toda la información que recopilaba y a cada consejo que recibía. Si atravesaba dificultades o sufría, asumía que no había hecho lo suficiente para ayudarme; necesitaba comprender al detalle qué estaba mal y por qué ocurría. Sin embargo, después de más de 30 años de insomnio crónico y de haber agotado una lista interminable de terapeutas y remedios que solo ofrecían un alivio pasajero, supe que algo tenía que cambiar.

Pero la solución me esquivaba. Después de años agotando tratamientos, recetas y técnicas, seguía esperando encontrar esa respuesta definitiva. Mi diario personal era testigo de décadas de lucha por dormir, de quejas por la fatiga, de frustración y enojo. No soportaba despertar agotada, molesta y desconcertada. No dormir bien durante tanto tiempo afectó mi salud mental y me encerró en una prisión de desesperanza y vergüenza.

«En lugar de enfocarme en el problema y en la ansiedad, elegí relajarme, confiar en el momento divino y abrir espacio para la gracia, con la certeza de que el alivio estaba en camino».

Soltar mi historia

Cuando estaba a punto de perder la fe, acudí a un amigo espiritual que me aconsejó: «Suelta tu historia personal y conéctate con Dios». Aquella sugerencia parecía tan opuesta a mi estrategia que, al principio, no pude aceptarla. Pero ¿acaso soltar no significa cargar a Dios con mi problema? Para mi desilusión, mi amigo no me dio instrucciones concretas. ¿Cómo se suponía que debía hacer esa conexión y sanar?

Reflexionando sobre ello, comprendí que mi sufrimiento me había hecho crecer y me estaba guiando hacia mi propio bien. Mi profundo deseo de liberarme de la esclavitud del pensamiento negativo y limitado me abrió a un proceso de descubrimiento más elevado. Me permití escuchar a mi maestro interior, que siempre había estado allí; solo necesitaba sentarme, escucharlo y confiar. Mientras oraba por una nueva dirección, recordé que tenía un recurso invaluable a mi disposición: mi compañero matutino, La Palabra Diaria. Sus mensajes diarios me ofrecían suaves recordatorios para alcanzar la plenitud y sentir paz, como «Todas las cualidades de Dios forman parte de mi herencia divina». Con el tiempo, esas palabras penetraron más allá de mi intelecto y se integraron en la sabiduría de mi corazón.

Hacer espacio para la gracia

Entonces entendí el valor de apartarme de mi propio camino y renunciar al esfuerzo por controlar la solución. Dejé de buscar la causa de mi sufrimiento y me perdoné por no haberlo hecho «bien». Cambié mi energía hacia mi sabiduría innata y solté la historia que me mantenía estancada, confundida e indefensa. En lugar de enfocarme en el problema y en la ansiedad, elegí relajarme, confiar en el momento divino y abrir espacio para la gracia, con la certeza de que el alivio estaba en camino.

Abrirme a lo desconocido y soltar mi necesidad de control transformó mi vida. Estas prácticas me brindaron el consuelo y el descanso reparador que durante tanto tiempo me habían eludido. Escuchar y confiar en las respuestas de mi corazón, aceptar lo que venga y reconocer que no puedo controlar la vida, solo mis decisiones: esa es la historia que conservaré. Me sostendrá cuando me sienta extraviada y, cuando me vea atrapada en las limitaciones de mi mente, recordaré soltar, rendirme y dar la bienvenida a mi sanación.


Acerca del autor

Kalila Volkov es poeta y autora del libro infantil Hiking Trail, Treasure Land. Radica en California, donde encuentra inspiración en la naturaleza para su afición por la fotografía, al tiempo que disfruta cantando en coros.


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