Fue el llanto entrecortado de su bebé, o quizás el suspiro agotado que soltó al agacharse por el biberón en la bolsa a sus pies. Tal vez fueron ambas cosas las que me hicieron notar primero su presencia, y luego su profundo cansancio. Frente a mí, en la sombría sala de espera de servicios sociales, una madre joven con tres hijos —todos demasiado pequeños para asistir al preescolar— parecía desvanecerse en su propia desesperación, como una sombra de lo que alguna vez soñó ser. 

Yo también atravesaba mi propia tormenta, pero cerré los ojos un momento para acompañarla con una oración silenciosa. «Dios, sea cual sea su carga, por favor, quítasela. Dale alivio, plenitud y amor». En aquel instante, sentí que mi corazón se abría un poco más, no solo a ella, sino también a la posibilidad de que algo sagrado estuviera ocurriendo, incluso allí, en medio de tanta necesidad.

Pedir ayuda

Sentir la presencia constante de Dios es difícil en tiempos de lucha. Aquella mañana estaba allí porque, pese a mis esfuerzos, necesitaba ayuda alimentaria para mi hija y para mí. En una ciudad como Washington, D.C., donde solo el alquiler superaba los mil dólares, mis ingresos de 17,000 dólares no alcanzaban. La gracia me sostenía, sí, pero el orgullo me susurraba que debía avergonzarme por necesitar ayuda, que mi inseguridad alimentaria era un fracaso personal, que podría salir de ella si me esforzaba más. A veces, esas voces interiores son más duras que cualquier juicio externo. 

Mientras esperaba, pensaba que en mi pequeño apartamento solo había tres manzanas, algunas piezas de pollo al horno y una jarra de gua. Tenía la cantidad de 9.22 dólares en la cuenta. Tras un problema con mi solicitud de renovación, mis beneficios habían estado suspendidos por casi tres meses. Oraba por una solución, por algo que me indicara que no estaba sola, que mi hija no tendría que dormirse con hambre otra vez. 

Si nunca has estado en la asistencia pública, debes saber que nadie elige estar allí. Nadie sueña con pasar horas en una sala de espera sin ventanas, sin certeza, sin consuelo. La pobreza despoja pretensiones, silencia el «yo nunca» y obliga a orar contra pensamientos autocríticos. Pero también, con una delicadeza sorprendente, abre la puerta para que la gracia de Dios se manifieste de formas inesperadas, en lugares insospechados, a través de personas sorprendentes. 

Un manantial de gracia

Bendecida con abundancia, tuve reserva para cubrir a esa madre en oración. Me pareció un encuentro divino el haberla notado, y aún hoy, años después, oro por su fortaleza, solo porque cruzó mi mente. Si lo permitimos, la gracia transforma nuestra perspectiva y nos convierte en recipientes del amor divino cuando otros más lo necesitan. En momentos difíciles, cuando nos sentimos invisibles, sin voz y sin amor, la gracia de Dios nos permite vernos con compasión, nos recuerda que somos profundamente valorados y nos envuelve con ternura. 

Antes pensaba que las dificultades solo se soportaban o se superaban huyendo, pero he visto cómo la lucha puede refinarnos y transformarnos si la aceptamos. Para mí, en aquellos años difíciles, la gracia no era un gesto grandioso, ni un milagro ruidoso, 

sino una corriente sutil y constante bajo la vida cotidiana. Estaba en la amabilidad de la asistente social que arregló mi solicitud y me trató con dignidad; en la paciencia inesperada de la cajera que no me apuró con la tarjeta de asistencia; en la compasión creciente hacia otros en pobreza, no como un problema lejano, sino como una realidad diaria. 

La gracia suavizó mi orgullo, sustituyó el juicio por empatía y cambió mi camino en el mundo, incluso cuando mejoraron mis ingresos y ya no necesitaba ayuda. La gracia apareció una y otra vez, como maná en el desierto: lo justo para cada día y siempre algo para compartir. 


Acerca del autor

Janelle Harris Dixon es escritora, editora y coautora de Headphones and Heartbreaks: A 60-Day Musical Journey to Bouncing Back from a Broken Heart. Reside en Washington, D.C. Más información en thewriteordiechick.com.


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