Un corazón dispuesto y un momento de gracia
A menudo me he preguntado qué es, en verdad, la gracia. Aunque conocía su definición —un don divino, una bendición gratuita e inesperada—, siempre me pareció algo esquiva y distante, una experiencia de la que había oído hablar, pero que nunca había vivido realmente. Hasta que, para mi sorpresa, la experimenté por mí misma.
Mi esposo y yo compartimos una relación afectuosa desde hace 51 años. Como en cualquier vínculo profundo y duradero, hay momentos en que, sin querer, podemos herirnos. Lo recordé hace unos años, mientras socializábamos con una pareja nueva. Me sentí molesta cuando Barry me interrumpió bruscamente y cambió de tema justo después de que terminé de hablar. Sentí que lo que decía no le interesaba. Siempre hemos disfrutado de una comunicación abierta, y solíamos hablar sobre estos temas después de socializar. Sin embargo, con el tiempo, nos dimos cuenta de que esas conversaciones a veces nos llevaban a la defensiva o generaban conflicto. Hoy reconocemos que ambos somos vulnerables en situaciones sociales (¡y, en realidad, me gusta pensar que todos lo somos!). Reconocemos que nuestras interacciones no necesitan ser perfectas para ser valiosas.
Aquella noche, mientras caminábamos a casa, aún sentía el peso del resentimiento e intentaba liberarlo apoyando la mano sobre el corazón y diciéndome en silencio: «Está bien, está bien».
Aquella noche, recibí la gracia misteriosa e inesperada de la que tantas veces había oído hablar. Y gracias a mi apertura, he seguido recibiéndola desde entonces.
Dudaba si asistiría a los últimos minutos del ensayo de un coro de mujeres que preparaba una canción para una manifestación en el Día Internacional de la Mujer. Ya había avisado que tenía otro compromiso, estaba cansada y no creía que mi presencia hiciera diferencia. Sin embargo, la directora del coro había dicho que este ensayo era el más importante, y Barry me animó a asistir.
Música inspiradora
Mientras me acercaba al hotel, pensé: «Bueno, ¿por qué no?». Al llegar a la sala de ensayo y escuchar los cantos entusiastas, sentí un alivio inmediato en el pecho. La música disolvió los sentimientos heridos y mis ojos se llenaron de lágrimas. La armonía de tantas voces femeninas me inundó de una profunda alegría, y en ese instante comprendí: ¡esto es gracia!
La directora, me recibió con una gran sonrisa. Mi compañera de asiento me pasó la partitura y, en poco tiempo, estaba cantando con entusiasmo. Más tarde, al volver a casa, le agradecí a Barry por animarme a ir. Pude haberme perdido no solo el gozo de cantar, sino —y aún más importante— la sanación de mis sentimientos heridos. Esa noche, el resentimiento y el dolor perdieron importancia. Tal vez Barry no mostró interés en lo que yo decía. ¿Y qué? ¿Acaso yo había escuchado con total atención sus palabras? ¿Le brindé el espacio que merecía? Pero incluso esos pensamientos se desvanecieron pronto, mientras me entregaba a un sueño profundo y reparador, mecida por la conmovedora melodía que había ayudado a crear. Al despertar, conservaba el hermoso recuerdo del canto y un sentimiento de paz hacia Barry. Esa experiencia me enseñó que la transformación puede llegar en un instante si estoy abierta a recibirla. Aunque a veces resista, sé que mi disposición es clave.
Transformación
Desde entonces, suelo preguntarme: «¿Estás dispuesta a soltar esto, cariño?». La gracia entra solo cuando abro la puerta. Es la voluntad la que le da paso.
Me sorprendió que, al acercarme al hotel, mis emociones dolidas pudieran transformarse en alegría. No fue obra de mi voluntad ni de mi ego, solo ocurrió. Aquella noche, recibí la gracia misteriosa e inesperada de la que tantas veces había oído hablar. Y gracias a mi apertura, he seguido recibiéndola desde entonces.
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