El poder sanador de la gratitud
Nunca hubiera imaginado que tres operaciones en tan solo tres meses podrían convertirse en una experiencia espiritual y un viaje hacia la gratitud, pero así fue. Mi práctica de la gratitud durante este desafío de salud me llevó a una nueva apreciación del tiempo, la guía, el amor y la gracia divinos.
Poco antes de que mi madre falleciera de cáncer hace tres años, me sugirió que me hiciera la prueba para detectar la misma mutación genética cancerígena que ella tenía. Siguiendo sus consejos, me sometí a la prueba, reafirmando las palabras de la cofundadora de Unity, Myrtle Fillmore: «Soy una hija de Dios y, por tanto, no heredo la enfermedad». Fue impactante descubrir que también era portadora de esa mutación genética. A pesar de la noticia, agradezco profundamente su sabiduría al instarme a hacerme esos estudios.
Durante dos años, no tomé ninguna medida, prefiriendo centrarme en mis responsabilidades en el ministerio y en la vida cotidiana. Confiaba en que, cuando llegara el momento, la guía divina me mostraría el camino a seguir. Acepté que estaba bien no estar lista para tomar decisiones difíciles de inmediato. Entendí que mi estado de salud no era un castigo ni el resultado de una falta de fe. A través de conversaciones en oración con Dios, supe que, en última instancia, todo estaría bien.
El año pasado, me reuní con un equipo de médicos y cirujanos que me informaron que, sin una histerectomía total y una mastectomía doble, mi probabilidad de padecer cáncer era del 75%- 85%. Con las operaciones, el riesgo caería al 2%. Me sentí profundamente agradecida por haber encontrado a este equipo, que no solo me brindó atención médica, sino que se preocupó por mí de una manera que nunca antes había experimentado. Fue la primera vez que recibí cuidados tan amorosos por parte de los médicos. Experimenté una profunda gratitud al ver sus conocimientos y experiencia como dones divinos que me estaban bendiciendo. Presencié cómo mi cuerpo se rejuvenecía durante mi recuperación postoperatoria y encontré paz, agradecida por comprender que incluso las enfermedades pueden ser vistas a través de una lente espiritual y utilizadas para crecer.
Acepté el pronóstico y las operaciones con confianza, pues creía firmemente que eran para mi mayor bien. Sentí un inmenso aprecio y gratitud por los cuidadores que me acompañaron. Me ayudaron de muchas maneras: desde médicos y personal sanitario, hasta quienes oraron por mí, enviaron energía sanadora y ofrecieron alimentos y servicios de limpieza para apoyar a mi esposo y a mí durante mi recuperación.
Cada uno marcó la diferencia. Volví a ser consciente de que Dios actúa a través de las personas. Vi que la gente deseaba lo mejor para mí. Incluso en mis momentos de vulnerabilidad, sentí que la esperanza crecía en mi alma al reflexionar sobre cómo el mundo podría transformarse si nos levantáramos unos a otros en tiempos de enfermedad y otros desafíos. Mi práctica de la gratitud fue especialmente beneficiosa después de la mastectomía y la cirugía reconstructiva, cuando necesité ser rehospitalizada de urgencia debido a una infección grave en las incisiones quirúrgicas abdominales. El intenso y repentino dolor fue una señal de que algo estaba mal, pero también permitió que mi equipo médico identificara y tratara las infecciones a tiempo. Llegué a ver mi dolor más como una bendición que como una maldición, agradecida por la sabiduría de mi cuerpo al crear sensaciones que indicaban la necesidad de una intervención inmediata.
Estoy profundamente agradecida por esta experiencia: la sabiduría de mi madre, la compasión de mi equipo médico, el amor y el cuidado de mis amigos, e incluso el dolor postoperatorio. Esta experiencia de restauración ha enriquecido mi comprensión de la gratitud y la presencia de Dios en todas las cosas.
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