Caminar con gratitud en medio de la tormenta
La gratitud brota con facilidad en tiempos de alegría y cuando recibimos buenas noticias. Sin embargo, he aprendido que los momentos que más fortalecen una gratitud transformadora suelen ser los de incertidumbre, desilusión y dolor. La gratitud no siempre surge de forma espontánea, pero podemos elegir sostener la intención de agradecer, especialmente cuando la vida no sigue los planes que imaginamos. Cuando mis planes tomaron un rumbo inesperado, elegí volver una y otra vez a la práctica del agradecimiento. Esta decisión me ayudó a mantenerme alineada con la guía divina, a reclamar mi poder y recibir bendiciones que no veía venir.
Recuerdo claramente aquella noche. Acababa de acostar a mis hijos cuando vi un mensaje de texto de mi jefa: «¿Puedes llamarme?». Sentí un vuelco en el estómago. Era inusual recibir un mensaje así de ella, así que supe de inmediato que algo no estaba bien.
Mi jefa me explicó que un practicante, a quien había supervisado por una semana, presentó varias quejas contra mí. Durante casi una década de trabajo como terapeuta en ese lugar, yo había supervisado a muchos otros practicantes sin problema. Afortunadamente, mi jefa dejó claro que era la primera queja que recibía sobre mi desempeño. Nos reunió para dialogar y todo se resolvió. Aun en medio de la incertidumbre, sentí gratitud por tener una jefa que confiaba en mí y porque mi historial permanecería intachable. Con el tiempo, sentí alivio e incluso orgullo por haber superado la situación. Pero entonces, una noche, llegó una carta de la junta examinadora de consejeros profesionales. Volví a sentir un vuelco en el estómago incluso antes de abrirla: era la queja formal del practicante. Aunque la junta no supervisa directamente a los estudiantes en prácticas, toda queja debe investigarse. Consulté a un abogado, preparé mi respuesta y me reuní con el investigador asignado. Después, solo quedaba esperar. Durante ese tiempo sentí ansiedad y enojo, pero me mantuve anclada en la presencia amorosa de Dios en mí. Una y otra vez regresé a la gratitud: por el respaldo legal, la oportunidad de defender mi verdad y la fortaleza que surgía de esa prueba.
Mientras tanto, me sentía ilusionada por comenzar una nueva etapa profesional: un programa de formación de tres años que había anhelado durante mucho tiempo. Cuando supe que tendría lugar en Unity Village, Missouri—un espacio sagrado con profundo significado en mi camino espiritual—lo tomé como una confirmación de que estaba en la senda correcta. Tras asistir al primer módulo, recibí un correo electrónico de la organización encargada del proceso de formación. Me preguntaban por la queja formal que había mencionado en mi solicitud y por su resolución. Cuando respondí que aún estaba en proceso, su respuesta fue clara: «Su inscripción para los próximos módulos quedará pendiente hasta que tengamos la resolución de la junta examinadora».
El poder del agradecimiento me alineó con el orden divino y renovó mi visión. Me sentía confundida, triste y frustrada. No comprendía por qué las cosas no fluían ni cómo alguien que apenas conocía podía causar tanto caos. Lloraba yme preguntaba: «¿Por qué me está pasando esto?». El siguiente módulo de formación comenzó y terminó sin mí, y la respuesta de la junta seguía sin llegar. Comprendí que me retrasaría en mis estudios y que no podría seguir avanzando con mi grupo. Me dolió aceptar que debía dejar esa formación en pausa. Me sentía perdida. Entonces recordé las palabras de José en Génesis 50:20: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios cambió todo para bien». Qué bendición saber que, suceda lo que suceda, puedo experimentar la protección, la guía y la renovación de Dios. Reconocí la herida y su impacto, pero también abrí el corazón a la certeza de que un propósito mayor se estaba gestando. Comprendí que el Espíritu en mí no podía transformar mi experiencia sin mi participación consciente. El poder del agradecimiento me alineó con el orden divino y renovó mi visión. Con ello surgió una confianza profunda: mi propósito no estaba al otro lado de los aparentes obstáculos, sino en cada paso del camino. Sostenida en la fe, elegí confiar en el fluir de la vida y reconocí que incluso esa experiencia podía ser una oportunidad para crecer.
Lo primero que hice fue volver a mi interior y centrarme en el cuidado propio. Practiqué la autocompasión en tiempo real, permitiéndome sentir cada emoción. Como la lluvia sobre un jardín, el dolor nutrió el terreno para un nuevo florecimiento. Después examiné con honestidad las áreas en las que podía mejorar como supervisora. Aunque las acusaciones eran infundadas, reconocí mis puntos ciegos y transformé mi enojo en acciones constructivas: establecí expectativas más claras y presté mayor atención a la documentación de quienes supervisaba. Finalmente, elegí ver toda la situación como una redirección, no como un obstáculo. Confié en que el Espíritu en mí me guiaba hacia algo más grande. Al escuchar mi intuición y seguir mi guía interior, emprendí un camino que de otro modo no habría considerado. Descubrí un nuevo programa de formación que aportó una dimensión espiritual a mi trabajo de sanación y me ayudó a reconectar con el propósito de mi alma. Con el tiempo, eso me llevó a abrir mi propio negocio para ofrecer coaching y acompañamiento espiritual.
Hoy puedo ver claramente que los frutos de la promesa de Dios me condujeron hacia un bien mayor. Y todo fue posible porque no esperé resultados para dar gracias: me mantuve abierta a los milagros y dispuesta a recibir cada bendición preparada para mí.
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