De niño, nada me emocionaba más en Navidad que la fiesta en casa de la familia King. Mi madre, la menor de cuatro hermanos, quedó huérfana en la adolescencia, y desde entonces sus hermanos la cuidaron con devoción. De ese lazo nació una cultura familiar marcada por el amor, el apoyo mutuo y la conexión genuina. 

Cada año, los hermanos y sus familias se reunían. Había bandejas de comida en la cocina y mesas plegables con platillos por toda la casa. Pero el momento culminante —ese que a los niños nos emocionaba y asustaba a la vez— era el concurso de talentos. Todos los primos debíamos participar. Una vez escribí y dirigí una obra con los primos menores, inspirada en la versión de Rudolph, el reno de nariz roja de Burl Ives. La obra trataba de que estábamos varados en un iceberg, pero Papá Noel se rio tan fuerte que el viento de sus carcajadas nos llevó de regreso a casa. No tenía sentido, pero nuestro público la aplaudió con entusiasmo. Siempre concluíamos con una versión creativa de Los 12 días de Navidad, y cada persona cantaba un verso. A mi madre, que normalmente era recatada, le tocaba cantar el estribillo «CINCO ANILLOS DE ORO». Lo hacía tan bien, que cada año le pedían repetirlo. Aquellos momentos fueron un reflejo de amor y unicidad. Juntos formábamos una constelación de cuidado y alegría. Pero las constelaciones cambian. Hoy los primos estamos lejos y los tíos han partido. Solo mi madre y una cuñada quedan como testigos de aquella generación. Así comprendí que la familia va más allá de lo sanguíneo o la presencia física. Es una constelación viva: algunas estrellas se alejan, otras se acercan, nacen o desaparecen. 

El año pasado, cerca del 4 de julio, casi todos los primos nos reencontramos. No hubo regalos ni concurso de talentos, pero compartimos historias. Cada rama de la familia se puso de pie para presentar a sus integrantes. Algunos no nos conocíamos, pero el espíritu de unicidad y pertenencia llenaba el espacio. El corazón de la Navidad no depende de una fecha ni de una forma específica de familia. Vive en la intención de contemplarnos unos a otros, ya sea por lazos de sangre, amistad, fe o matrimonio. Soy un tío gay sin hijos, y mi sentido de familia ha tomado otra forma. Confío en las familias que he elegido: amistades fieles, la comunidad que sirvo, colegas y compañeros de camino espiritual. Todas son constelaciones: únicas, radiantes, sagradas. 

No puedo volver a las Navidades de la familia King de mi infancia, pero siguen vivas en mí. No son un recuerdo fijo, sino un espíritu que comparto con otros. Cuando creamos espacios de pertenencia—al reunirnos, reír juntos, compartir historias y forjar otras nuevas—honramos el hilo sagrado que lo une todo.  

En este tiempo de Adviento, recuerdo que el amor no se vive igual cada año. Pero lo que no cambia es la bendición de reunirnos, de elegirnos, de compartir presencia y confiar en que, sin importar su forma, la luz del amor brilla a través de nosotros. 


Acerca del autor

El Rev. Kurt Condra es ministro principal de Unity on the North Shore en Evanston, Illinois.



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