¡Ésta es la temporada!
¿Cuál es tu recuerdo de Navidad más atesorado? ¿Qué momento del pasado capturó el amor y la posibilidad de ese día? ¿En qué momento el brillo resplandeciente de una nueva luz llenó tu vida? ¿Fue acaso cuando recibiste o diste un regalo especial?¿Tal vez una nevada inesperada? ¿O quizás una palmera decorada exuberantemente?
Recuerdo Navidades de mi niñez en las que gastar un dólar en un regalo parecía demasiado dinero, porque mis fondos eran muy limitados y mi familia era muy grande. Sabemos que los regalos en sí mismos pueden no tener un significado duradero, mas la energía con la que se dan sí.
Cuando mi mamá falleció y mis hermanos y yo recogimos sus cosas, encontramos una caja repleta de pequeñas botellas azules del perfume “Noches en París”, las cuales podían comprarse en las décadas de 1950 y 1960 en la tienda Murphys Five & Dime por unos 89 centavos, según lo recuerdo. Uno por uno, todos sus ocho hijos decidían que ese sería el regalo perfecto, y año tras año, Mamá juraba en la mañana de Navidad que eso era exactamente lo que más quería en el mundo. Aquel perfume era malísimo, y por supuesto, ella no lo usaba. Pero, mientras mirábamos la caja, lo que nos conmovió tanto hasta las lágrimas como hasta las carcajadas era que ella nunca había tirado a la basura ni una sola de las botellas. Ella sabía lo que significaban.
Mi madre y mi padre ya han partido, y mis hermanos y yo vivimos muy lejos unos de otros. No obstante, si perdiera el contacto con el amor —tanto dándolo como recibiéndolo— representado en esas pequeñas botellas azules, no sería a causa de la vida, del destino o del envejecimiento. Sencillamente, sería porque me he distraído con otras cosas y con las desilusiones que la vida a veces nos pone al frente. El amor siempre está ahí.
La experiencia de la Navidad —o de la de Hanukkah, Kwanzaa, el solsticio de invierno, o cualquier otro nombre que escojamos darle a este reconocimiento anual de la interacción entre la luz y las sombras en nuestras vidas— no está limitada a la superficie de los dramas humanos ni a las preocupaciones en torno a los regalos que se intercambian, las familias que se reúnen o los árboles que se cortan.
Creo que, de hecho, en su nivel más profundo, ésta es una temporada en la cual nuestra naturaleza espiritual eterna recuerda y aprecia la riqueza que contienen nuestras experiencias humanas, y el propósito creativo divino que debajo de ellas.
Todas las energías de las Navidades pasadas aún están disponibles hoy en día. No dependen de la familia, las amistades, el dinero, las condiciones del tiempo o las decoraciones. Simplemente expresan la Presencia y el Amor Infinito que es nuestra única identidad eterna.
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