¿Y si pudiéramos encontrar una manera de conversar sobre nuestras diferencias —políticas o religiosas, globales o locales, en el trabajo o en el hogar— con respeto y comprensión? Durante el último año, he tenido el privilegio de conocer más acerca de una organización llamada The Dignity Index (La escala de dignidad). Con sede en Utah, esta organización realiza una labor importante en todo el país —en el gobierno, la educación, los lugares de trabajo y, muy pronto, en comunidades de fe— para ayudar a las personas a recuperar el arte de tratarse con dignidad, compasión y una comprensión auténtica.

«No tenemos que estar de acuerdo unos con otros para tratarnos con dignidad. La amabilidad no es condicional y el respeto no requiere unanimidad».

Como muchos de ustedes, me entristece lo profundamente dividida que se ha vuelto nuestra nación. Resulta casi irreal contemplar cuán rápido se ha ido perdiendo la cortesía, sustituida por insultos, «exclusión» y, en algunos casos, por un desprecio abierto hacia quienes se ven, piensan, actúan o incluso aman de manera distinta. Y seamos honestos: esto no se limita a un solo partido político ni a una sola ideología religiosa, está ocurriendo en todos los sectores de la sociedad.

Esta división ya no es un concepto aislado. Se manifiesta en familias alrededor de la mesa, entre compañeros de trabajo en la sala de descanso, y en las tensiones entre amistades, vecinos y comunidades de fe. Lo que he aprendido en The Dignity Index se resume en una verdad sencilla, pero profunda: no tenemos que estar de acuerdo unos con otros para tratarnos con dignidad. La amabilidad no es condicional y el respeto no requiere unanimidad.

Toda persona tiene valía innata

A medida que he aprendido más acerca de The Dignity Index, me ha conmovido la verdad que se encuentra en el centro de sus enseñanzas: que toda persona tiene valía innata. Todo ser humano merece ser tratado con dignidad y respeto, simplemente por ser humano. Esta creencia se alinea de manera profunda con las enseñanzas de Unity.

En Unity, afirmamos que toda persona nace con una chispa de lo Divino. Cada uno de nosotros porta un valor inherente. Toda persona merece ser reconocida, valorada y escuchada y esto no es solo algo que quisiéramos creer: es una Verdad espiritual.

Cómo nos comunicamos

Uno de los aspectos más cautivadores de The Dignity Index es su enfoque en la manera en que nos comunicamos. Han desarrollado una escala que nos ayuda a reconocer si nuestras palabras y actitudes se basan en la dignidad o en el desprecio: se desarrolla en niveles del 1 al 8, donde el nivel más bajo refleja desprecio y el más alto, dignidad. Los puntajes más bajos (1–4) reflejan un lenguaje que divide, deshumaniza o desestima. Los puntajes más altos (5–8) reflejan una comunicación arraigada en el respeto, la curiosidad y la humanidad compartida. Un enfoque nos acerca; el otro nos separa.

Como ejemplo, el nivel uno muestra desprecio a través de palabras agresivas y la insinuación de actos de violencia. Un mensaje de este nivel podría ser: «Ni siquiera son humanos. Es nuestro deber moral destruirlos antes de que ellos nos destruyan».

Conforme se avanza en la escala hacia la dignidad, el lenguaje se transforma. Un ejemplo de lenguaje del nivel tres sería: «Nosotros somos las personas buenas y ellos son las personas malas. Es nosotros contra ellos». Aún no es respetuoso, pero es menos peligroso que el nivel uno.

El lenguaje del nivel cinco comienza a reconocer el punto de vista de la otra persona: «Tienen derecho a estar aquí y a ser escuchados. También pertenecen a este lugar». En el nivel más alto de la escala es donde se encuentra el lenguaje y las ideas más respetuosas: «Puedo verme reflejado en cada ser humano. Me niego a odiar a cualquier persona. Trato a todos con dignidad, pase lo que pase».

El otoño pasado asistí a un encuentro de tres días de The Dignity Index en Salt Lake City. Esos días estuvieron colmados de conversaciones profundas, experiencias interactivas e historias poderosas. Escuché a líderes del gobierno y a personas que han facilitado negociaciones de paz global hablar sobre la importancia de una comunicación respetuosa. Más tarde, se celebró un foro con líderes religiosos de diversas denominaciones de todo el país; muchos de ellos al frente de congregaciones profundamente divididas, incluso dentro de la misma comunidad eclesial. A pesar de sus diferencias, compartían un mismo anhelo: calmar los ánimos, sanar las heridas y ayudar a que nuestros ciudadanos recuerden cómo expresarse con humanidad. Me fui sintiéndome profundamente inspirada y llena de esperanza.

Practicar expresarnos con dignidad

Y entonces, casi de inmediato, recibí una oportunidad inesperada para poner estas ideas en práctica. En mi trayecto al aeropuerto, mi conductor de Uber me preguntó por qué estaba en la ciudad. Le compartí acerca de The Dignity Index y mi deseo de aprender a comunicarme con más respeto y a ver a las demás personas como dignas, más allá de las diferencias. Casi al instante, sentí que se tensó. Empezó a asumir cosas sobre mis creencias y mi afiliación política. Pero, en lugar de reaccionar a la defensiva, hice una pausa.

Le dije, que el objetivo de mi formación no era que coincidiéramos en lo político o en lo religioso. Compartí con él que creo firmemente que tiene todo el derecho a sus creencias, igual que yo a las mías. Y que la esencia de lo aprendido ese fin de semana fue precisamente esto: aprender a escuchar, no para discutir, ni para convencer, sino para comprender de verdad la perspectiva de la otra persona.

Así que conversamos. Yo escuché. Él compartió sus puntos de vista. Yo no reaccioné. Y algo sutil, pero significativo, cambió. Cuando se dio cuenta de que yo no iba a atacarlo ni a desestimarlo, se suavizó. Comenzó a hacerme preguntas y a escuchar. Lo que pudo haberse convertido en un viaje incómodo o tenso se transformó en un intercambio humano, civil y respetuoso. No resolvimos los problemas del mundo en esos minutos, pero nos comunicamos con respeto. Y eso fue lo más importante.

Ese breve trayecto se ha quedado conmigo. Me recordó que la dignidad y el respeto no son ideales abstractos: son decisiones que podemos tomar en todo momento, con cualquier persona. Hacer una pausa, escuchar con el corazón abierto, y escoger la amabilidad en lugar de la reacción, puede transformar un intercambio. Y en un mundo tan hambriento de sanación, esos pequeños instantes de dignidad importan más de lo que quizá lleguemos a imaginar.


Acerca del autor

Angie Olson es directora de Marketing Digital en la Sede mundial de Unity y aporta más de 30 años de experiencia en marketing en los sectores corporativo, sin fines de lucro y religioso. Reside en Overland Park, Kansas, junto a su familia y mascotas, y disfruta de la cocina y la jardinería en su tiempo libre.


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