Un viaje en solitario y una experiencia inesperada
Viajar es una de mis grandes pasiones, y aunque suelo explorar el mundo en compañía o en grupo, descubrí que aventurarme sola me permite sumergirme completamente en mi experiencia, sentir la presencia de Dios y confiar en su guía. El pasado mes de marzo, hice mi primer viaje internacional en solitario, de Estados Unidos a Brasil, y esta aventura se convirtió en una experiencia transformadora.
Primer día: Protección
Esperaba en la fila del puerto de cruceros de Río de Janeiro para abordar un crucero de cuatro días que me llevaría a varios lugares emblemáticos de Brasil. Varios meses antes, mi amiga y compañera de viaje me avisó que no podría acompañarme debido a un conflicto de horarios. Como ya había viajado sola por Estados Unidos, decidí continuar con mis planes. Tranquilicé a mis familiares y amigos, asegurándoles que estaría a salvo. Aunque me sentía confiada al iniciar el viaje, la realidad me alcanzó al llegar al puerto, donde comencé a sentirme fuera de lugar.
Una mujer que hablaba portugués me entregó una pegatina con el número 23. Al ingresar, me encontré rodeada de cientos de personas y solo encontré un cartel en mi idioma que decía Registro de ingreso. Cerca de él, un hombre hacía anuncios en portugués, pero me costaba comprender el proceso. Al observar a mi alrededor, me di cuenta de que nadie se parecía a mí ni hablaba inglés, lo que despertó en mí un profundo sentimiento de desconcierto y ansiedad.
Pronto advertí a una familia con una pegatina que llevaba el número 20. Me acerqué a ellos y expliqué que solo hablaba inglés. El adolescente de la familia trató de explicarme el proceso de registro en inglés, mientras el resto de la familia me sonreía con comprensión. Cuando llamaron al número de la familia, les agradecí su ayuda y oré para no perder mi turno con el número 23.
Al cabo de unos 30 minutos, vi que el joven regresaba hacia mí. Resulta que se había comunicado con el anunciador para explicar que yo solo hablaba inglés y que tenía el número 23. El hombre me miró a los ojos y asintió con la cabeza, confirmando que estaba al tanto de la situación. Me conmovió profundamente que el adolescente volviera para ayudarme; unas lágrimas brotaron mientras sentía la protección divina a través de esta familia. Aunque estaba a miles de kilómetros de casa, me sentí acompañada y resguardada por la presencia de Dios que se manifestaba a través de ellos.
No volví a ver a esta familia durante el crucero, pero llevé conmigo el recuerdo de su bondad. Me sentí bendecida por haberlos conocido y, aunque sabía que, nuestros caminos no volverían a cruzarse de nuevo, siempre recordaría su amabilidad.
Segundo día: Gratitud
En este día de mi viaje, recorrí la isla de Ilhabela rodeada de imágenes de Jesús. Visité la histórica iglesia Nossa Senhora D’Ajuda e Bonsucesso, construida en 1806. Al salir, un monumento de acero de la crucifixión me dejó sin palabras. En el trayecto hacia la cascada de Água Branca, observé más monumentos de Jesús cargando con la cruz, recordándome que faltaban pocos días para el Viernes Santo. Me llené de gratitud hacia Dios por permitirme vivir esta experiencia espiritual en Semana Santa. El recorrido concluyó en Playa Curral, una de las más emblemáticas de Ilhabela. De pie en la orilla, con el oleaje a mis pies y la arena entre mis dedos, sentí una profunda emoción.
Me sentí agradecida por el privilegio de esta experiencia y por la bendición de la vida y resurrección de Jesús. Antes de marcharme, escribí la palabra gratitud en la arena como testimonio de ese momento sagrado.

Tercer día: Contentamiento
La excursión que tenía planeada en Santos fue cancelada. Antes, esto habría sido motivo de frustración, pero ahora busco la guía de Dios para hallar paz incluso cuando mis planes cambian. Decidí quedarme en el crucero y pasar el día en un lugar que siempre me brinda serenidad: el spa. Al cruzar la puerta, la calma me envolvió; la luz tenue, la música suave y la comodidad me brindaron paz y revitalizaron mi cuerpo y espíritu. Entre lecturas y reflexiones, encontré paz y serenidad en este espacio de dicha. Disfruté de cada detalle y me permití vivir sin prisa en este oasis de tranquilidad.
Cuarto día: ¡Obrigada!

El último día del crucero amanecí en una Río de Janeiro nublada. Aunque esperaba buen clima, estaba decidida a visitar la estatua del Cristo Redentor, el verdadero motivo de mi viaje. Tras desembarcar, me abrí paso entre la multitud y esperé un Uber por cerca de 30 minutos. En el trayecto al Parque Nacional de Tijuca comenzó a llover, pero mi entusiasmo no se desvaneció. Subimos por un camino empinado y serpenteante hasta llegar a la entrada. Me uní a un grupo de turistas, y juntos tomamos otro vehículo que nos condujo por el bosque hasta el pie de la estatua. Al llegar, tomé un ascensor que me dejó frente a la imponente figura del Cristo Redentor —una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo— bajo una intensa lluvia.
Ese día era Jueves Santo, la conmemoración de la Última Cena, y estar en presencia de esta estatua fue el cierre perfecto de mi viaje. El Cristo Redentor simboliza paz, protección, compasión y salvación, recordándome las transformaciones que experimenté a lo largo del viaje. Después de contemplar la estatua, solo quedaban unas horas para dirigirme al aeropuerto. Mientras caminaba en la terminal, reconocí al joven que me había ayudado el primer día. Nos abrazamos como viejos amigos. Su madre me había buscado por todo el crucero para despedirse. Les mostré un mensaje que mi mamá me había enviado: «Dile a la familia que doy gracias a Dios por ellos y que sigan haciendo buenas obras. Dios los bendiga». El joven tradujo las palabras de su madre: «Dios obra de maneras misteriosas». Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras agradecía ese momento. Mi estadía en Brasil confirmó la grandeza de Dios y la bondad en la humanidad. A pesar de la barrera del idioma y la falta de compañía, encontré a Dios en cada persona dispuesta a ayudarme: el joven y su familia, el representante de excursiones, el controlador de tráfico que me consiguió un taxi en las abarrotadas calles de Río de Janeiro. Aprendí la palabra obrigada, que en portugués significa gracias, y a todos aquellos que hicieron mi viaje especial, solo puedo decirles: ¡obrigada!

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