Volver a empezar en tiempos de incertidumbre
Hace años, siendo estudiante en el seminario, leí una historia que el recordado ministro de Unity Eric Butterworth solía compartir: una anécdota sobre Thomas Edison y su hijo, Charles. En 1914, un incendio arrasó el complejo de Edison Industries en New Jersey, destruyendo en cuestión de horas el trabajo de toda una vida. En medio del caos, Charles buscó a su padre hasta encontrarlo de pie ante el fuego, absorto en las llamas cuyo resplandor iluminaba su figura.
«Me dolía el corazón por él», escribiría más tarde Charles. «Ya no era un hombre joven, y todo estaba siendo destruido». Y, sin embargo, en lugar de derrumbarse, Thomas se volvió hacia Charles y le dijo: «Ve por tu madre. Nunca verá nada tan hermoso como este fuego mientras viva».
¿Hermoso? Todo su mundo parecía desmoronarse. Sin embargo, Thomas percibía algo más: posibilidad, purificación, un espacio que comenzaba a abrirse. Al día siguiente le diría a Charles: «El desastre tiene un gran valor. Todos nuestros errores se han quemado. Gracias a Dios, ahora podemos volver a empezar».
No comprendí del todo esa historia hasta muchos años después, cuando una enfermedad grave me dejó sin poder trabajar durante un tiempo prolongado. En el momento más crítico de esa etapa —cuando la combinación de facturas médicas, alquiler e incertidumbre había agotado todos mis recursos— me encontré en un supermercado, preguntándome si podía permitirme comprar una caja de pasta y un frasco de salsa de tomate. Ese tipo de miedo es un fuego en sí mismo: silencioso, invisible, pero igual de voraz.
La fortaleza de permanecer
Fue en ese tiempo cuando empecé a comprender la perseverancia de una manera muy distinta: no como tesón, ni como pura fuerza de voluntad u optimismo forzado, sino como una práctica espiritual profunda. En su sentido más hondo, perseverar no consiste en empujar hacia adelante a toda costa, sino en sostenernos en relación viva: con nuestra propia alma, con el misterio de la vida y con el nombre que demos a la presencia que nos acompaña en la incertidumbre. No es la victoria después del incendio lo que importa, sino la ternura que aprendemos a cultivar en medio del fuego.
A lo largo del tiempo, las tradiciones espirituales han recurrido al fuego como metáfora de purificación. Sin embargo, el fuego también deja huellas reales: pérdida, duelo y miedo; una ruptura en la vida tal como la conocíamos. En una época en la que tanto las noticias como la experiencia personal pueden sentirse inestables, recordar que la incertidumbre siempre ha sido parte del camino espiritual puede ofrecer consuelo. No se trata de evitarla, sino de aprender a habitarla con conciencia y compasión.
La perseverancia de la que hablo no es pulcra ni triunfal. Da espacio a las lágrimas, a las dudas, a los momentos de quiebre y a la reconstrucción lenta. Y, aun así, confía en que algo en nosotros permanece intacto, incluso cuando todo a nuestro alrededor parece desmoronarse.
Como escribió Viktor Frankl —neurólogo, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto— en El hombre en busca de sentido, los seres humanos pueden atravesar casi cualquier circunstancia cuando encuentran un «porqué»: una fuente de significado o de conexión que los sostenga en lo que están viviendo. La investigación contemporánea lo confirma: quienes perseveran no siempre son quienes se sienten fuertes o seguros, sino quienes logran mantenerse en conexión con el sentido, el propósito y la relación. Son quienes descubren cómo anclarse cuando las estructuras externas fallan.
El poder que vive en ti
Eric Butterworth hablaba con frecuencia del «potencial divino» que habita en cada persona: la capacidad de elevar la mirada, sin negar lo que ocurre, y de percibir la vida desde una comprensión más profunda. En ese sentido, la perseverancia no tiene que ver tanto con arreglar lo que sucede como con aprender a verlo desde otra perspectiva, afinando la escucha interior en lugar de dejarnos arrastrar por el ruido del miedo, la indignación o la incertidumbre.
Hay un poema al que regreso una y otra vez cuando atravieso tiempos difíciles: The Thing Is (La cuestión es), de Ellen Bass. Comienza así: «amar la vida, incluso cuando todo en ti se resiste...» Esa frase siempre me detiene. Me recuerda que amar la vida en medio del dolor no es negación ni debilidad, sino una forma profunda y espiritual de perseverancia.
Porque, al final, perseverar no significa salir ilesos de la experiencia, sino mantener la disposición a seguir amando, a seguir escuchando y a volver a empezar, incluso cuando el camino que se abre ante nosotros no se parece al que habíamos imaginado.
Y cuando llegue el momento de comenzar de nuevo, que lo hagamos no desde la certeza absoluta, sino desde la presencia, la compasión y la apertura.
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