Encontrar la fe en tiempos de prueba
De pequeña, era una niña buena. Crecí en un pueblo pequeño y, aunque no tenía muchos amigos, no los necesitaba porque tenía a mi hermana mayor, Teirsa, mi mejor amiga. Hacíamos todo juntas: ella me recogía del colegio, íbamos a su casa y me quedaba a dormir; nos encantaba ver películas e ir de excursión. Siempre lo pasábamos muy bien. Me sentía segura, normal, feliz.
Una noche estábamos en su casa con su esposo, viendo películas y preparando tacos, como siempre. A la mañana siguiente ella me llevó a casa. Más tarde, mi madre recibió una llamada que cambió todo: nunca olvidaré su grito. Corrí a su habitación y la vi arrodillada, intentando articular las palabras: «Tu hermana... Teirsa... falleció». Yo tenía 13 años.
«Hoy sigo en recuperación; sigo luchando, pero vivo de otra manera... No oro para escapar de la vida; oro por la fuerza de vivirla. Mi fe no es perfecta, pero está viva, es real y es mía».
Ese momento me destrozó. Nunca había perdido a nadie y de repente estaba llorando a la persona que más quería en el mundo. La gente me decía: «El tiempo lo cura todo». Me aferré a esa idea, pero no fue así. Lo único que se hizo más fácil fue ocultar mi dolor.
No entendía cuánto podía soportar una persona mientras fingía estar bien. Años después pensé que había reconstruido mi vida: un trabajo que me gustaba, un coche nuevo, mi propia casa. Por fuera todo parecía estar bien, pero algo me faltaba; había un vacío que nada llenaba.
Cuando todo se deshace
Entonces tomé una mala decisión: empecé una relación con alguien que luchaba contra una adicción y pronto me vi arrastrada a ese mundo. Era ingenua y no comprendía cuán devoradoras podían ser las drogas. Me volví codependiente; no quería quedarme sola con mis pensamientos.
En pocos meses mi vida se desmoronó. Las drogas se convirtieron en mi prioridad. Perdí mi trabajo, me suspendieron la licencia de conducir, embargaron el coche. Mis pertenencias —muebles, ropa, fotos familiares, recuerdos de mi hermana— desaparecieron. El hogar que había construido quedó destrozado. Perdí la custodia de mis hijos y me alejé de la familia. Dejé de contestar llamadas; dejé de aparecer; dejé de preocuparme por si despertaría al día siguiente. Perdí toda esperanza.
Cuando por fin conseguí otro coche, era más un refugio que un medio de transporte. Seguía consumiendo y sintiéndome vacía. El odio hacia mí misma era insoportable: sentía que había fallado a quienes creían en mí, sobre todo a mis hijos. Me sentía tan lejos de Dios que no creía merecer siquiera pronunciar su nombre.
La vida continuaba acumulando pérdidas. Quería adormecer el dolor, dejar de sentir todo tan intensamente. Pero el dolor me consumía.
Casi me perdí por completo.
Una súplica sincera

Una noche, sola en la oscuridad con mis pensamientos, todo me golpeó a la vez: culpa, vergüenza, aislamiento. Me sentía como un fantasma en mi propia vida. Y por primera vez en años, oré. No fue una oración elegante ni perfecta; fue un susurro: «Por favor, ayúdame». Ni siquiera estaba segura de a quién se lo decía, pero algo en mi interior sintió que era escuchada. Algo cambió, no exteriormente, sino en lo más profundo de mi ser. En medio de aquel caos mantuve viva una chispa. No sé si era fe o terquedad, quizá la voz interior que se negaba a dejarme morir sin haber conocido la paz. Esa pequeña llama me impulsó a orar otra vez, con palabras reales, rotas y sinceras.
Entonces entró en mi vida La Palabra Diaria. No recuerdo cómo la encontré, pero empecé a leerla en el teléfono. Al principio me parecía escrita para alguien más fuerte; sin embargo, seguí leyendo y, con el tiempo, sentí que esas palabras estaban dirigidas a mí. Me recordaban que la gracia no es solo para los perfectos y que la sanación no es un evento único, sino un proceso, una forma de vivir. Me apoyé en algo más grande que yo, en algo amoroso. Algunos días dudaba, pero continuaba leyendo, y poco a poco empecé a creer que valía la pena salvarme.
Permiso interior para reconstruir
Empecé a orar brevemente y sin orden: «Ayúdame a mantenerme limpia hoy». «Protege a mis hijos». «Dame fortaleza para no rendirme». Busqué ayuda: grupos de apoyo, familia, consejería. Hice las paces, me mantuve sobria y seguí adelante. El enfoque que encontré en Unity —simple, honesto e inclusivo— me dio permiso para reconstruirme. No tenía que estar completa para ser digna ni necesitaba todas las respuestas para empezar a buscar la paz. Escribí afirmaciones donde pude —diarios, servilletas, notas en mi teléfono: «Este momento no es el final de tu historia». «Eres más fuerte de lo que crees».

Esas pequeñas anclas me sostuvieron cuando todo lo demás se desmoronaba.
Hoy sigo en recuperación; sigo luchando, pero vivo de otra manera. Ya no me derrumbo con la misma intensidad. Recuerdo quién camina conmigo. No oro para escapar de la vida; oro por la fuerza de vivirla. Mi fe no es perfecta, pero está viva, es real y es mía.
Si hay alguien allá afuera atrapado en su propio fuego, quiero que sepas que ese fuego no tiene por qué destruirte; puede iluminar tu camino. ¿Hay una pequeña chispa en tu interior? Aférrate a ella. Avívala con suavidad. Déjala crecer. Un respiro, una oración, un paso a la vez. No estás solo. Incluso en medio de las llamas, la gracia permanece contigo.
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