El lema del Cuerpo de Capellanes del Ejército de los EE. UU., Pro Deo et Patria (por Dios y por la patria), ha sido también mi lema personal desde que tengo memoria.

Una familia militar

Crecí en una familia militar, rodeada de soldados durante toda mi vida. De niña, mi padre, un soldado de la Fuerza Aérea estadounidense y antiguo prisionero de guerra, fue seleccionado para formar parte del equipo que estableció una base conjunta en Francia tras la Segunda Guerra Mundial. Mis recuerdos de esa época incluyen lecturas sobre Jesús y mis héroes bíblicos, especialmente Daniel y David. Ya desde entonces, percibía la presencia de un Dios amoroso. Leía esas historias mientras esperaba en un viejo edificio de la base a que mi padre terminara su jornada. Siempre estaba rodeada de soldados y, desde pequeña, aprendí a amar y respetar su espíritu y dedicación al deber. 

Presencié cómo los soldados encontraban fuerza e inspiración en La Palabra Diaria y dependían del Espíritu en su interior, lo que profundizó mi gratitud por mi misión de vida.

Mientras crecíamos, mi familia se trasladaba de una misión militar a otra en Europa, Asia y Estados Unidos. Entre asignaciones, a veces regresábamos a nuestra ciudad natal. Uno de mis recuerdos más entrañables es el tiempo que compartía con mi querida tía Gertie, sentadas bajo un árbol mientras me leía su revista Unity Magazine. Su entusiasmo al compartir esos contenidos era contagioso, llenándome de alegría y dejando en mí una huella imborrable. 

En esos momentos con la tía Gertie, sentía la presencia de Dios, lo que me llevó a explorar Unity con mayor profundidad. Sus enseñanzas fortalecieron mi comprensión de un Dios íntimo, amoroso y poderoso, revelándome cómo estas cualidades también habitan en nosotros. 

La tía Gertie fue mi primera maestra de Unity, ayudándome a cimentar una base teológica que me acompañaría toda la vida. 

Años después, mi amor por los soldados y mi conexión con Dios convergieron. Con mis cuatro hijos, llegué a Unity Village, Missouri, con gran emoción por visitar esos terrenos sagrados, admirar la arquitectura de estilo italiano y conocer a grandes pensadores y escritores del movimiento Unity. Trabajé para el Ministerio de Oración de Unity antes de continuar mis estudios en el seminario, que culminaron en mi ordenación como ministra de Unity. Este logro y mi amor por la patria me guiaron a una carrera como capellana del Ejército estadounidense. 

Guía divina

Aunque profundamente arraigada en las enseñanzas de Unity, mi labor requería trabajar con soldados, familias y capellanes de diversas creencias religiosas. Mis colegas y yo nos uníamos en la misión de garantizar el libre ejercicio de la religión y brindar apoyo espiritual a cada soldado. En cada destino al que fui asignada, Unity me enviaba ejemplares de La Palabra Diaria para compartir con los soldados. Ellos los recibían con entusiasmo, hallando en sus mensajes afirmativos la inspiración para creer en sí mismos y en su capacidad de cumplir su misión. Recuerdo verlos durante entrenamientos militares, aprovechando los momentos previos a demostrar su destreza para leer La Palabra Diaria mientras esperaban bajo los árboles o sentados en el suelo. Saber que Dios estaba con ellos y dentro de ellos, les infundía la confianza necesaria para desempeñarse con excelencia. 

Durante mi servicio en el Centro Médico Walter Reed, un hospital militar, escuché historias de soldados que actuaban bajo la guía divina en momentos decisivos. Un soldado, T.T., describió cómo estaba de pie en la puerta de su tienda de campaña cuando oyó a su voz interior gritando: «¡Muévete de ahí!» Se movió segundos antes de que la tienda de campaña explotara. Salió herido de la explosión, pero sobrevivió. Otro soldado, B.L., siguió su intuición y rodó rápidamente por un barranco. Al hacerlo, se escondió de soldados enemigos que saltaron por el barranco sin percatarse de su presencia. 

Presencié cómo los soldados encontraban fuerza e inspiración en La Palabra Diaria y dependían del Espíritu en su interior, lo que profundizó mi gratitud por mi misión de vida. 

En mi carrera de 22 años como ministra y capellana, tuve el privilegio de servir a los soldados, asegurándoles la constante presencia de Dios, incluso en los momentos más difíciles. La petición más recurrente que recibía era: «Ore conmigo, capellana». Su valentía y fortaleza me inspiraron profundamente y seguirán bendiciéndome siempre. Doy gracias a Dios por el sagrado privilegio de servir a los soldados y a mi patria. 


Acerca del autor

La capellana teniente coronel retirada Sonja C. Thompson sirvió durante sus últimos seis años en misiones de Europa, incluyendo Heidelberg, Alemania, y como capellana de la OTAN en Brunssum, Países Bajos. Se jubiló tras servir en la Escuela de Comando y Estado Mayor del Ejército en Fort Leavenworth, Kansas, y actualmente vive cerca de su querida Unity Village, en Missouri.



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