Yo tenía poco más de veinte años, en ese tiempo me encontraba preocupada casi siempre, rumiando constantemente sobre algunos traumas reales o imaginarios. Pero contaba con una buena amiga, sin duda ella se frustrada conmigo también, quien me aconsejaría con calma que respirara, me recostara, me reagrupara y simplemente fuera yo.

Parecía que yo siempre estaba en modo de arreglar todo, anticipando juicios y tomando decisiones rápidas. Mi amiga me animó a volverme hacia mí misma para buscar guía, pero me resistía porque pensaba que me tomaría mucho tiempo.

Eventualmente comprendí que a veces la única manera de determinar lo que me corresponde hacer, es no hacer nada y escuchar al Espíritu.

Como seres humanos, a menudo sentimos que deberíamos estar haciendo algo de cara a la adversidad. Pero nosotros somos seres humanos, no quehaceres humanos.

Aunque ahora lo sé, a veces me encuentro a mí misma apresurándome hacia el modo supervivencia, cuando me siento temerosa o amenazada. Una vez que me topo con un obstáculo, recuerdo que debo recostarme, reagruparme y seguir los consejos de mi amiga. Eso siempre funciona.

Los psicólogos dicen que el cerebro reptiliano gobierna nuestros instintos básicos y reacciona con rapidez ante el trauma. Un psicólogo lo describe como un disco volador que vuela alrededor de nuestra cabeza, tan rápido que no tenemos tiempo de pensar. Es entonces cuando debemos practicar el cambio de la cabeza hacia el corazón. Al enfocarnos en nuestra respiración, le damos tiempo a nuestro cerebro de reiniciarse y reconectarse con el espacio de nuestro corazón.

¡Silencio! ¡A callar!

El libro de texto al que comúnmente nos referimos como La Biblia, contiene instrucciones simples para sobreponernos a los sentimientos de ansiedad y temor: “¡Alto! ¡Reconozcan que yo soy Dios!” (Salmo 46:10).

Una de las historias del evangelio que demuestra nuestro poder sobre las circunstancias es cuando Jesús calmó la tormenta en el lago meciendo su mano y diciendo la frase “¡Silencio! ¡A callar!” (Marcos 4:39). Esta se ha convertido en mi afirmación ideal cuando las emociones negativas nublan mi juicio: ¡Silencio! ¡A callar!

Las instrucciones pueden ser simples, pero no siempre son fáciles. Requieren de una práctica intencional. Cuando me encuentro a mí misma reaccionando a situaciones más allá de mi control, me aquieto intencionalmente, me enfoco en mi respiración y me repito a mí misma: ¡Silencio! ¡A callar! O Soy Una con Dios, hasta que mis emociones se aquietan y una sensación de paz regresa a mí. Puede tomar varias repeticiones antes de que encuentre mi centro.

Como seres humanos, a menudo sentimos que deberíamos estar haciendo algo de cara a la adversidad. Pero somos seres humanos, no quehaceres humanos.

Así que permítanme darles el sabio consejo de mi amiga de hace tantos años que me ha hecho superar situaciones realmente duras.

Cuando te encuentres a ti mismo preocupado y temeroso por cosas sobre las que no tienes control, dirígete al espacio en tu corazón, enfoca tu atención en tu respiración, recuéstate y evita la tentación de resolver el problema tú mismo. Reagrupa tus pensamientos y reinicia tu cerebro con una simple afirmación, tal como ¡Silencio! ¡A callar! O Yo soy uno con Dios.

Entonces permite que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, haga su obra perfecta en ti y a través de ti.

¡Créeme, sí funciona!

Acerca del autor

La Rev. Sandra Campbell es ministra asociada en Unity Temple on the Plaza en Kansas City, Missouri, y directora ejecutiva de Unity Urban Ministerial School.

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