Flexionando un nuevo músculo
Hace unas semanas me inscribí en un gimnasio. Sentía el deseo de asumir un nuevo desafío, algo que fuera más allá de mis habituales caminatas por el barrio. También anhelaba regalarme una experiencia en mi comunidad, un espacio donde pudiera coincidir con otras personas y sentirme acompañada en el camino.
Claro que, como no suelo ejercitarme con regularidad, una parte de mí se sentía inquieta. Temía no poder seguir el ritmo de la clase y ser la única que pareciera estar fuera de lugar. Porque una cosa es reconocer nuestras limitaciones en privado, y otra muy distinta es sentirnos vulnerables ante una sala llena de desconocidos.
Al comenzar, me sentí animada. Pude sostener sin dificultad la velocidad y la inclinación de la caminadora. Pero mi entusiasmo vaciló cuando la mujer de la máquina de al lado —más joven que yo y, evidentemente, en excelente condición física— empezó a correr, y además lo hacía con una sonrisa en el rostro. Se movía con tanta naturalidad que me recordó a una gacela cruzando un campo abierto.
Por un instante, al mirarla, sentí que el ánimo se me escapaba. No puedo hacer eso, pensé. Pero enseguida hice una pausa interior. Sí, tal vez no podía hacer eso. ¿Y qué? Yo seguía allí, presente, cuidando de mi salud, honrando el cuerpo que hoy tengo y ofreciendo lo mejor de mí en esta etapa de mi vida.
Y en cuestión de segundos, mi experiencia cambió por completo. Pasé del desaliento y la sensación de insuficiencia a una alegría serena. Me sentí agradecida al reconocer que lo estaba dando todo, y que eso, en sí mismo, ya era una victoria del alma.
Anclarnos en la gratitud
Es fácil caer en la trampa de la comparación y medir nuestra apariencia, nuestro estilo de vida o nuestros logros frente a los de otras personas. Y, sin embargo, esa costumbre rara vez nos deja en paz: suele despertar descontento, autocrítica y envidia, nublando nuestra capacidad de reconocer los dones, la fortaleza y las bendiciones que ya viven en nosotros.
Siempre habrá personas que encarnen aquello que anhelamos para nosotros mismos, que conserven habilidades que quizá ya no tenemos o expresen dones y talentos que quisiéramos llamar propios. Pero también vale la pena preguntarnos: ¿cuántas veces esas mismas personas nos miran deseando la paz, la fortaleza o las bendiciones que habitan en nuestra vida?
Cultivar una práctica de gratitud puede aquietar esas voces internas que juzgan y comparan, y ayudarnos a volver a la verdad de quienes somos. Cuando agradecemos de manera consciente, reconocemos con mayor claridad nuestros dones, talentos y bendiciones. Y en ese reconocimiento nace la confianza serena que nos anima a intentar algo nuevo, a asumir riesgos con valentía y a tratarnos con ternura cuando los primeros intentos no salen como esperábamos.
La gratitud también transforma la comparación y la envidia al ayudarnos a dirigir la mirada en todo lo que sí está presente en nuestra vida, en lugar de fijarla en lo que creemos que nos falta. Y aún más: abre nuestro corazón para alegrarnos sinceramente por la dicha y la buena fortuna de los demás. En mi caso, me sentí genuinamente feliz por la corredora de la caminadora vecina, entregada a su entrenamiento con tanta naturalidad. Tal vez nunca alcance su mismo nivel de condición física, pero agradezco su presencia como una inspiración amable mientras continúo fortaleciendo la mía.
Cada uno de nosotros es un ser espiritual, abundantemente bendecido con dones, talentos y posibilidades únicas. Vivir en gratitud es una manera sagrada de honrar esas bendiciones, celebrarlas con humildad y seguir despertando, paso a paso, nuevas expresiones de vida
Esta es una carta de la editora de Daily Word (La Palabra Diaria). Para suscribirte, visita https://compra.unityonline.org/subscribe.



